47. ¡Buenas noches, amor de mis amores! ¡Hasta luego, tal vez… o hasta mañana… A.N.

México. Noviembre 8 de 1922.

Ocupaba una de las viviendas de la casa en que yo habitaba, era amante de uno de los más ricachones de la ciudad de México como lo era Carlos Chambón. Tenía veinte años, originaria de Guadalajara; toda una belleza, como lo son la mayor parte de las mujeres de por allá, y se llamaba Violeta del Guante.

Su estatura más o menos era como la de la Venus de Milo; su piel de blanquísima nieve; sus ojos negros y grandes despedían fuego, su boquita pequeña en arco de cupido; su cabello de negrísimo azabache caía sobre sus preciosos hombros en olímpica cascada; su cuerpo, lo he dicho, era de una Venus digna del escultor Fidias.

Era una exhibicionista de primera, pues le gustaba enseñar sus hermosas desnudeces, causando la tentación de los hombres y el escándalo del vecindario. Afortunadamente para ella, con nadie había hecho amistad. Allá de tarde en tarde, un coche se paraba en la puerta de la que bajaba don Carlos y a más tardar una hora después salía, y por eso no llamaba la atención.

Había entre los muchachos dos hermanos que eran cuates o mellizos, que se las daban de conquistadores y en realidad lo eran, pues me consta la cantidad de conquistas que se cargaban; uno de ellos llamado Napoleón le hizo el amor a Violeta y consiguió hacerla su novia, con la consiguiente envidia de los demás compañeros y hasta mía, pues la conquista valía eso y más.

Un domingo que era día de mi santo y cumpleaños, estaba yo parado en el zaguán de la casa cuando acertó a pasar ella que llegaba de la calle y al entrar me dio un bolsazo; lo primero que me figuré fue que me había confundido con uno de los mellizos; no hice caso y seguí estacionado. Volvió a salir y otra vez la misma operación que me obligó a ponerme frente a la luz para que enmendara su equívoco, no porque no me gustara la chanchita y más viniendo de ella; cuando ella torno a entrar de nuevo ya la luz me daba de lleno, entonces me dijo:

—¿Se enojó?

—No Violetita, de ninguna manera, lo que temía era que me confundiese con el cuate.

—No hombre, ahorita vengo —Se metió para volver a salir—. Tengo que ir hasta la calle de Mesones y ya es muy noche…

—Pues si mi compañía no le molesta, ni le trae ningún percance estoy a su disposición.

—Pues ya que usted quiere, vamos —respondió.

—Nada más que tendremos que caminar, porque de antemano le aviso que no cuento con un centavo.

—Eso es lo que yo deseaba, hacer ejercicio, casi nunca camino y esto me vendrá de perilla.

—Entonces vámonos— La tomé de su brazo y caminamos. La imaginación me llevaba muy lejos al sentir la suavidad de su piel bajo mi mano. Habíamos caminado de la casa a la avenida 5 de Mayo cuando ella se sentía fatigada.

—Si usted quiere nos devolvemos —le dije.

—No, mejor entramos a descansar a un cuarto que dispongo en el Hotel Cántabro. —Vamos… todo era un truco para satisfacer un capricho de mujer, de lo cual yo estaba encantado.

Entramos a su cuarto que estaba amueblado y acondicionado para garçonier.

—¿Qué te parece? —dijo.

—Encantador… —Yo nunca me había amilanado y esta vez menos que las otras; la tomé por su diminuta cintura y con mis potentes brazos la levanté a lo alto y la dejé resbalar para que, al tenerla a la altura de mi cara, le dio un beso que quizás duraría diez minutos.

—¡Quiero verte desnudo y admirar tu musculatura de atleta! —Que en realidad lo era. Me desnudé hasta la cintura y ella loca de alegría besaba mis robustos brazos y me rogaba que la levantara como a una niña. Hice gala de mi fuerza estrujándola como hilacho, pero con dulzura; y entre caricias y besos, la hacía reír a carcajadas de voluptuosidad… se cumplía la ley biológica del más fuerte. —¡Eres un verdadero hombre, ahora métete en la cama y te voy a demostrar que yo también tengo lo mío! —continuó.

Me acosté y esperé. Se trepó en la cama y empezó a desnudarse poco a poco, causándome impaciencia hasta que cayó la última prenda y entonces apareció el cuerpo de mujer más bello y perfecto que yo había contemplado; no osaba hablar, no hacía más que verla, hasta que ella rompió el silencio:

—¿Qué te parezco? ¿puedo hacer pareja contigo?

No hable más. La tomé en mis brazos y nos fundimos en un torbellino de voluptuosidad lujuriosa, al grado de que cuando nos dimos cuenta ya eran las cinco de la mañana. Estábamos rendidos, pero no para hacer a un lado mis estudios de medicina, me paré a pesar de su insistencia y me fui al hospital.

Estas citas se repitieron muchas veces, pero ella se volvía más y más exigente en lo relativo al tiempo y a lo que le respondí terminantemente:

—La noche es tuya y vaya que con eso pierdo algo en mis estudios, pero el día pertenece a mi carrera, así es que te avienes o terminamos de una vez por todas. —Ella lloró por mi brusquedad, pues creía que buscaba una ocasión para terminar con ella hasta que la convencí de su error y quedamos tan contentos como siempre.

Ya su hermana se había dado cuenta de nuestras entrevistas y le había pedido más cautela, que dominara sus impulsos, pero ella no le hizo caso. Me quería a tal grado que era capaz de cometer una burrada y de paso comprometerme, y así lo hizo una vez que me encontró platicando con la hija de una española que tenía una casa de asistencia arriba de la mía, y que después fue también mi novia. Ese escándalo me obligó a cambiarme dos números más adelante, a una casa más independiente.

Se había endiosado conmigo y eso me molestaba un poco porque no me dejaba ni a sol ni a sombra, a pesar de las seguridades que yo le dispensaba y aunque se daba cuenta de que yo decía verdad, dio en espiarme y en seguirme por todas partes hasta aburrirme con sus celos.

Sufría lo indecible con mis reconvenciones, pero era sumamente feliz cuando se encontraba a solas conmigo y yo no la defraudaba en sus deseos.

La dicha como el sufrimiento nunca son eternos, pues tal parece que don Carlos se dio cuenta de los desvíos de su amada y sin decirla agua va, se la llevó a Europa.

Recibí varias cartas de ella, las que nunca contesté y nunca más la volví a ver… Sólo una vez ya siendo médico me pareció reconocerla en el Teatro Ideal, y a pesar de que iba solo no me atreví ni siquiera a seguirla mirando. Era una mujer pasional, sexual, erótica y muchas cosas más; pero me hizo feliz con su cuerpo… ¡Era tan hermosa!

Mi particular 11 de septiembre

Eran las ocho de la mañana cuando mi madre se marchaba al trabajo y al despedirse me dijo unas palabras que me llenaron de terror:

«Acaban de derrumbar las torres gemelas de Nueva York con un atentado terrorista. ¡Espantoso!»

Entre la tímida luz que entraba por las cortinas me levanté temeroso y fui hasta el cuarto donde estaba la televisión. Los reporteros narraban las imágenes de dos aviones que se estrellaban, sobre las torres acristaladas, desintegrándose en una nube de fuego y humo. La imagen se repetía una y otra vez; luego daba paso al derrumbe de aquellas dos icónicas construcciones que se venían abajo entre nubes negras y gritos de terror de los testigos. Culpaban al terrorismo islámico de Al-Qaeda y esperaban las palabras del presidente de los Estados Unidos de América para conocer las acciones que decidiría a partir de ese momento.

Me metí a la ducha sin poder quitarme las imágenes de la cabeza, pues dentro de dos horas debía de estar en el aeropuerto de Guanajuato para viajar a la Ciudad de México y por la noche tomar un vuelo transatlántico, con escala en París, hasta Barcelona. De haber sabido que eso iba a pasar, el vuelo comprado un mes antes lo habría cambiado para cualquier otra fecha.

Buscaba que el agua caliente sobre mi cuerpo inhibiera el miedo que me había invadido al grado de dudar si subir al avión o no, quería que todo se aclarase y nos dijesen que era seguro volar. En ningún momento pensé en la posibilidad de secuestros aéreos, sino en las consecuencias de que hubiesen estrellado cuatro aviones, según los medios, contra edificios icónicos estadounidenses. Eso sin duda iba a desembocar en una respuesta contra los fanáticos asesinos, por parte de otros fanáticos asesinos. Por mi cabeza pasaban misiles tierra aire o aviones caza controlados por imbéciles que solían equivocarse cuando se trataba de derribar objetivos.

Muy a mi pesar, llegué al aeropuerto de Guanajuato a las doce del mediodía, donde aparentemente no pasaba nada. Cuarenta minutos después caminaba bajo el sol hacia un avión que nos esperaba en la pista; era un ATR 42 de turbohélices con una capacidad para cuarenta y pocos pasajeros. Quizás éramos veinte los que subimos a aquel pajarillo con hélices. El capitán nos daba la bienvenida, al tiempo que un pasajero que no podía ocultar su miedo escupía groserías al piloto, pues le habían dicho que volaría en un avión grande «no en esta chingadera». El piloto, por su parte, mantenía el temple, sin disimular su desagrado hacia la actitud de un ignorante en aeronáutica cagado por el miedo de la incertidumbre.

La propia velocidad de la aeronave hizo que el vuelo fuese un poco más tardado de lo habitual. Los vientos que sacudían al avión provocaban que los pasajeros nos mareásemos y uno que otro, principalmente el hombre que había insultado al capitán soltara varios improperios que nos ponían más nerviosos. Los asientos estaban distribuidos en dos filas, una frente a la otra, por lo que podíamos ver nuestros rostros lívidos que no recuperarían su color hasta que tocásemos tierra; en mi caso, hasta que no probé algo de alimento que me estabilizó la presión cardiaca.

El aeropuerto de la Ciudad de México parecía desalojado por la fuerza, la poca vida se limitaba a trabajadores de la limpieza, taxistas que esperaban a algún cliente, o meseros aburridos sin comensales que atender. La ausencia de gente me provocaba escalofríos. Las televisiones de los bares y restaurantes repetían las imágenes de los aviones contra las torres, y todos los vuelos anunciados en las pantallas aparecían cancelados. Me vi, en ese momento, deseando que mi vuelo también lo estuviese y esconderme en algún lugar solitario a reflexionar.

A las dos de la tarde llegó un amigo que trabajaba en las aduanas del aeropuerto, a quien le apodábamos «el torito». Él, al igual que todos, estaba perplejo por la situación, además de que era la primera vez que veía el aeropuerto desierto. Fuimos a comer y no había otro tema de qué hablar, más que el de las torres cayendo como un castillo de arena al que un niño berrinchudo destruía al ya no querer jugar. Tras la larga espera, no nos quedó más remedio que beber cerveza con tal de disipar el miedo, aunque él, cada que veía la repetición de la caída de las torres gritaba «¡faltó la estatua de la libertad, cabrones!». En otro momento podría ser gracioso, pero a pesar del alcohol que llevaba dentro, mis nervios no querían chistes.

La aerolínea por la que viajaría no daba información sobre el vuelo de esa noche, pues el espacio aéreo estadounidense estaba cerrado y no sabían qué tipo de ruta les aprobarían si llegase el caso. Si el vuelo se cancelaba, nos tocaba a todos los pasajeros buscarnos el alojamiento por nuestra cuenta… hasta nuevo aviso.

Dos horas más tarde nos avisaron que el vuelo a París sí partiría, pero sin saber la hora precisa. Me despedí de mi amigo el torito a las nueve de la noche y entré a la sala de espera obnubilado por el alcohol, sin pensar en nada más que en seguir a los otros pasajeros entre pasillos y tiendas Duty Free. Finalmente, otras dos horas después el Boeing 747 de Air France sobrevolaba Cuba y de esta forma cruzaría el Atlántico sin pasar por los Estados Unidos. A pesar del clima artificial del avión, seguía sintiendo frío. Nunca había visto a la tripulación y a todos los pasajeros con el sobresalto a flor de piel, lo cual no ayudaba en nada a relajarse durante el viaje. Si alguien me preguntaba a qué olía el miedo, podía decirle que respirase aquel aire que nos envolvía. Las horas que duró el trayecto no las recuerdo, quizás dormí.

Llegamos a París con dos horas de retraso y con la conexión perdida a Barcelona. Un autobús del mismo aeropuerto conectaba las terminales y nos llevaría a la correspondiente. Fui de los primeros en subir y busqué el asiento más cercano a la puerta trasera; desde ahí observé a los pasajeros que venían en mi vuelo y que tenían la misma conexión que yo: un hombre viejo español que iba despotricando sobre su experiencia en México como inversionista, la cual le había provocado pérdidas y más rabias de las que debía tener para su edad; su hija quien lo secundaba en los disgustos y decepciones mexicanas; y el yerno que parecía habérselo pasado mejor pero no se atrevía a decir nada. Detrás de tan finas personas, venían tres pasajeros españoles que volvían a su tierra después de unas vacaciones, dos de ellos por cortesía de su agencia de viajes; y la otra era una chica que había visto en el aeropuerto de México con su novio, un típico indigenista mexicano con ropas que pretendían acercarse a las culturas autóctonas sin conseguirlo, más que en la imaginación de la chica. Todos compartían su catatonia por los sucesos de las torres gemelas, excepto yo que no quería hablar con nadie.

Una vez que estuvimos en la terminal, me mantuve alejado de ellos en la propia cola mientras que los empleados de la aerolínea comunicaban que Air France no era responsables de la pérdida de conexión, ya que habían sido causas ajenas a la empresa. En eso entró en acción el hombre viejo español, que les comenzó a gritar, blasfemando como un camionero y exigiendo a los franceses la conexión y que le respetasen su lugar en Business Class; el resto de los afectados mirábamos la expresión del francés que no entendía las palabras, pero sí las intenciones. Las cejas del empleado se arqueaban al tiempo que entreabría la boca y adoptaba un gesto de obviedad, hasta que se sintió amenazado por los gruñidos de aquel español rabioso; en ese momento podía apostar a que todos nos caía mal, incluyendo a su hija y al yerno. Pese a que tenía razón, nos hacía pasar vergüenza ajena. El empleado tecleó en su computadora unas claves, nos dio unos nuevos billetes y nos guio por una puerta especial sin tener que pasar por el control migratorio, y así evité mostrar el pasaporte mexicano, que tal vez me hubiera hecho perder más tiempo.

Al llegar a la sala de embarque del último trayecto intenté comunicarme con Barcelona para avisar que llegaría tarde, o con México para informar que estaba bien. Sin embargo, fue imposible, las tarifas de teléfono eran altas, no llevaba francos franceses, los mensajes de texto no funcionaban y los teléfonos inteligentes aún no existían.

Alrededor, el bullicio no dejaba descansar ni asimilar lo vivido hasta el momento. En las mesitas de las salas y pasillos la prensa anunciaba el atentado con las letras más grandes que tuvieran en la imprenta, adornados con dibujos del Tío Sam sin piernas, aviones explotando, George W. Bush con su siempre cara de serenidad y, por otro lado, la imagen del enemigo público número uno: Osama Bin Laden, el presunto autor intelectual del ataque contra los Estados Unidos.

Una vez dentro del avión, perdí de vista al español rabioso y su familia, —no supe si al final le respetaron su lugar en Business Class—, y me senté junto a un mexicano que iba a visitar a su hijo, el cual trabajaba en no sé qué empresa francesa radicada en Barcelona. Solo quedaba una hora y cuarenta y cinco minutos de vuelo. El hombre, muy amable, con calma y orgullo nacionalista me explicaba que Bin Laden no había sido el primero que atacaba a los Estados Unidos en su propia tierra, sino Pancho Villa; lo cual era motivo de presunción, ya que solo dos personas se habían atrevido a desafiar al Imperio. Me pedí todo el vino que pude con tal de que lo que dijese aquel hombre me diera igual, estaban siendo demasiadas emociones para mí. Hasta que no encontrara una cama donde dormir entonces podría hablar de la odisea que estaba viviendo.

A las diez de la noche aterrizamos en el aeropuerto del Prat en Barcelona. Con mi equipaje ya recuperado de las cintas, salí hasta donde me esperaban varios amigos míos, que desde las siete se habían puesto a beber, mientras llegaban todos los vuelos procedentes de París; estaban seguros de que en alguno aparecería yo. La mayoría de ellos estaban algo borrachos y me recibieron con un: «vaya día elegiste para viajar».

A las once de la noche me instalé en una habitación de casa de unos amigos en la calle Rera Palau, dormí entre sábanas blancas y frescas, y al día siguiente me puse a asimilar todo lo vivido. Todo esto hoy me causa gracia recordarlo, pero aquella vez lo viví como uno de los peores viajes de mi existencia.

¡Nueva novela a la venta!

Un hombre, empeñado en convertirse en escritor de éxito, se queda sin dinero y sin casa, por lo que se ve obligado a dejar su ciudad natal en busca de un familiar que pueda alojarlo unos días y comenzar una nueva vida. Mientras espera su partida se refugiará entre estudiantes, se ilusionará con una hermosa joven y sin proponérselo deberá enfrentarse a la nostalgia, a incidentes y a las ganas de seguir adelante con su vida. Todo esto en una pintoresca ciudad mexicana que le parecerá, al protagonista, una gran desconocida.

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El estampado perfecto, nuevamente…

Después de un año decidí darle una nueva corrección de estilo a la novela El estampado perfecto. No solo eso, sino que también he hecho unos pequeños cambios en algunas escenas (si usted ya lo leyó no se preocupe, la historia sigue siendo la misma). También aproveché para agradecer y dedicar esta obra a quien me animó a escribir hace muchos años y que ha sido patente de las peripecias de Francisco Iglesias Capdevila, desde que lo descubrí en aquellos documentos olvidados del Archivo General de la Nación. 

A quienes hayan leído esta novela, si les gustó, les pido por favor recomendar a sus amistades que lean la historia de este catalán, la cual merece la pena conocer y rescatar del olvido.

 Compra aquí.

30. Raquel la mujer sexual…

Pachuca. Abril 17 de 1918

Raquel estudiaba en la Escuela de Comercio, era muy popular no por comadrería sino por su andar casi prusiano, era muy bonita, su piel morena armonizaba con sus oscuros ojos… su cuerpo estatuario hacía resaltar sus ebúrneos senos, senos desafiantes; se adivinaba lo turgente de ellos; sus calipígias caderas atesoraban un nido de placeres, su olor, aquel aroma tan peculiar a ella, a hembra ¡pero qué hembra!

Todo el que bailaba con ella se quejaba de intranquilidad, se ponían nerviosos al grado de no poder dar un paso más. Cuando me tocó en suerte el bailar con ella confirmé lo que tanto me decían.

La atracción que Raquel tenía por el sexo contrario era formidable. A todos nos gustaba, todos la pretendíamos, pero a ninguno nos hacía caso, pasaba serena entre la turba de estudiantes sin que en su rostro se denotase la menor turbación.

En un Liceo efectuado en la Escuela de Comercio procuré quedar junto a ella para platicar más a mis anchas.

—Oiga Raquelito ¿Usted que nunca se ha enamorado?

—No, porque no he encontrado al hombre que llene mis aspiraciones.

—¿Pero entre sus compañeros o entre los míos no hay uno que, más o menos, le simpatice?

—¿Y por qué no se metió usted entre ellos?

—Porque mire Raquelito, yo formo una entidad aparte, yo la aprecio a usted de una manera especial, mi afecto por usted es muy grande casi…

—Casi que me adora ¿no es cierto?

—No se burle usted, porque, aunque sea fría como una estatua, llegará el día en que esa nieve de su corazón sea derretida por el fuego de un corazón que la ame.

—¿Y quién podrá enamorarse de mí? No creo tener un atractivo que pudiera llamar la atención de un hombre.

—No diga usted tal, porque presente está quien siempre la ha admirado, no sólo por su belleza, sino también por su inteligencia y su virtud. Porque usted no es como las demás mujeres que se envanecen cuando se sienten guapas. Usted es una, por no decir la única, de las mujeres que yo he conocido, la más adorable, la más encantadora. En fin, que todos los dones de que la naturaleza la ha favorecido han hecho de mí a uno de sus más fervientes adoradores. Mira Raquel, no me conteste aún, espere a que le acabe la explicar lo qué es el intenso fuego en el cual me consumo por usted, yo quisiera que de mi boca saliera con fluidez la palabra sonora de un Castelar para poder explicar con dulzura de qué es capaz mi corazón, lo mucho que yo la amo. —Se quedó callada por unos instantes y después habló:

—Mire Severino, no quiero que usted hable así. No queriendo, casi me he dejado convencer y no quiero obrar con el calor del momento, quiero meditar la respuesta que le he de dar.

—¿Y el sufrimiento de la incertidumbre?

—De eso no tenga cuidado, que, ganada estoy.

—¿Entonces qué hago? será para mí una felicidad si me permite acompañarla a la salida de sus clases por la noche.

—No me opongo, puede usted acompañarme, que agradable siempre ha sido su compañía.

—Gracias Raquelito. Soy el más feliz de los hombres. —Terminó el concierto y nos despedimos.

Al día siguiente nadie me lo creía, nada más que yo. Les conté que ya era mi novia y cuando me vieron acompañarla hasta su casa, en la cerrada de Hidalgo, se quedaron lelos al ver que yo había vencido el hermetismo de Raquel.

Días después ya la tomaba por el brazo y la hacía que nos desviáramos de su ruta hasta el parque Hidalgo; después me permitió besarla ¡qué dicha la mía! ¡besar a Raquel! Era una cosa imposible pero cierta para mí que la había sentido temblar entre mis brazos.

Ella aceptaba con beneplácito todas mis caricias y las correspondía con todo el fuego de su juventud, era una mujer adorable en todas sus partes, llenándome de satisfacción aquel triunfo que mis amigos habían creído imposible.

¿Por qué teniendo tantos pretendientes y algunos de ellos con porvenir me había preferido entre todos ellos? ¿Sería posible que en verdad me quisiera? yo no me atrevía a reclamarle el sí de antaño, pero para qué lo quería sí era mía de alma. ¿No me incendiaba con sus besos? ¿No temblaba ella entre mis brazos? ¿Para qué quería más? Y callaba…

A…

¡Qué hermosura! ¡qué delirio! ¡qué arrogancia!

¡Qué atractivo, qué belleza, qué concierto!

en tus líneas; en tus curvas qué elegancia

la que irradia al andar tu lindo cuerpo.

Esos ojos son luceros de esperanza,

esa boca, esos labios, qué portento;

y tu cuello alabastrino es semblanza,

de una estrella, de una venus o de un cuento.

Y ese encanto de belleza y de porfía q

que a los ojos de este mundo van brillando,

es más bello y más grande todavía

cuando dice: «¡ya soy tuya, toda mía!»

Soy dichoso porque me ama y me comprende;

todo en ella es sublime cual botón

que se abre para amarme y para verme

y quererme con todito el corazón…

Severino

 

Nuestra felicidad, o más bien la mía, no duró más que seis meses porque se vio comprometida a casarse y digo esto porque el elegido por sus familiares estaba bien viejo. Las cuestiones pecuniarias de la familia la obligaron al sacrificio. Se casó sin amor y aún más, supo honrar el nombre que por interés había tomado… me la figuro feliz porque nunca más nos volvimos a hablar.

 

 

Del Gironès a Guanajuato.

Entre aquell febrer i aquest novembre, no vull l’enyorança

d’ulls immòbils i lentes llàgrimes que necessita

orfeons i corrandes,

sinó la duresa del temps que fa navegables els records

i desenterra imatges.

Agustí Bartra. Oda a Catalunya des dels tròpics.

 

¿Qué hacía mirando el directorio telefónico de la ciudad de Guanajuato? No lo sé, ocio seguramente. El caso es que encontré un apellido que me sonaba familiar, Ferrer Falgueras, no porque lo conociese de algo sino porque mi objeto de estudio estaba relacionado con las diásporas y los exilios de catalanes en México,  aquellos apellidos sin duda eran de alguno de ellos. La ventaja –o a veces desventaja– de vivir en un pueblo como Guanajuato es que la mayoría de las personas nos conocemos de algo, al menos de vista, así que me informé a través de conocidos si era posible tener una conversación con aquel hombre y las referencias fueron favorables para conseguir una entrevista.

Don Luis Ferrer me recibió un lunes a las 12:00 del medio día. Vivía en el barrio de Pastita, en una casa grande donde el tiempo se había detenido en los años cincuenta, la decoración, mobiliario e iluminación regresaban al pasado. A un pasado sin duda interesante y dichoso en el que los protagonistas fueron muchos de los transterrados en un México que se modernizaba a pasos acelerados. Me senté en un sofá de piel frente al señor Ferrer que con sus ochenta y seis años seguía siendo un hombre fuerte pero cansado, afable en su trato y una memoria brillante. Su mujer lo acompañaba desde antes de la terrible guerra de España, juntos con un hijo de un año, habían salido hacia México para comenzar una vida provisional esperando que cayese la dictadura para después volver a su tierra. Ella se notaba algo más cansada y su salud más delicada. Ambos habían nacido y crecido en Salt en la provincia de Gerona. La señora, –desgraciadamente ahora no recuerdo su nombre–  me comentó que le había costado mucho adaptarse a México, sobre todo por la comida, ella quería volver a España y durante años esperó a que eso sucediera.

Cuando salí de su casa me arrepentí de no haber llevado una grabadora para guardar esas anécdotas que me explicaron, y mi memoria por desgracia no es tan buena cuando se trata de datos tan valiosos y abundantes. Intentaré recordar algunos –pido disculpas si cometo errores con algunos detalles y me arriesgo a que un familiar suyo me corrija, esperando no incordiarlo–. Luis Ferrer Falgueras había servido al Primer Batallón de la 136 Brigada, perteneciente a la 33 División del Ejército Popular Republicano, la cual finalmente en 1939, destacada en Madrid tuvo que salir hacia el exilio.

Su llegada a México hizo que, naturalmente, se reuniese con paisanos suyos que se encontraban en las mismas circunstancias, en una de las reuniones que frecuentaban conoció a un hombre que había servido a la aviación del bando sublevado y desertó cuando le ordenaron bombardear Barcelona, por la razón de peso de que su novia vivía en esa ciudad. Esa misma convivencia con otros transterrados les llevaron a crear iniciativas empresariales, algunos de sus conocidos investigaron el procesamiento de la harina de maíz para que ésta tuviera una larga duración y un mejor aprovechamiento, creando la nixtamalina. El señor Ferrer creó junto con otros una empresa dedicada a fabricar terrones de azúcar con la idea de vender el producto a las cafeterías mexicanas e imprimiendo la publicidad del negocio y de esta forma la envoltura servía de recomendación del restaurante o cafetería. Él tomaba como ejemplo de algunos cafés de Barcelona donde el azúcar se servía en terrones.  –Actualmente quedan pocos que los sirvan, el Cafè de l’Opera seguía con esta costumbre, al menos hasta hace pocos años–. La empresa del señor Ferrer prosperó con el nombre de Estuchados Mecánicos Gloria y lograron llegar a muchos puntos de la república mexicana, uno de los restauranteros que no quiso aceptar el producto fue un español dueño de el Café de la Parroquia, en Veracruz y sus razones tendría para negarse.

Aparentemente todo le iba bien en los negocios, sin embargo, hacia los años cincuenta, por motivos de salud a don Luis le recomendaron dejar la Ciudad de México y mudarse a un ambiente más rural, por así decirlo; vendería su parte de la empresa y cambió su residencia hacia Guanajuato. Ya en el Bajío compró unas tierras para cultivo, si mal no recuerdo, cerca de Irapuato, pero con el agravante de que esas tierras eran estériles y no servían para sembrar, él no lo sabía al momento en que las compró. Me comentó que nunca se lo había confesado a su mujer pero acabó regalando las tierras a los pobladores de las cercanías, no las vendió porque no quería engañar a nadie, esas tierras no valían nada.

Coincidiendo con la nacionalización de la industria eléctrica en México, –aquella especie de contrato de compra-venta que hizo el gobierno de Adolfo López Mateos–  se consolidó la Comisión Federal de Electricidad (CFE), y el señor Ferrer que había sido trabajador del sector eléctrico en Cataluña antes de la guerra, mediante una recomendación que le había hecho el General Lázaro Cárdenas, pudo incorporarse a la empresa mexicana de electricidad. Con ese trabajo se jubiló y también adquirió la casa donde vivía, la cual había formado parte de una antigua hacienda de beneficio de San Bernabé, donde antaño amalgamaban la plata. Casi enfrente de las oficinas de la CFE del barrio de Pastita, en Guanajuato.

Yo intenté captar todo lo que me contaba y grabármelo en la cabeza mientras bebía una Coca-Cola que me había llevado amablemente su mujer.  Mi reloj marcaba ya las 17:00 cuando consideré que era tiempo de irme y dejar la oportunidad para una segunda charla. Al señor Ferrer le dio mucho gusto hablar en catalán con alguien, además de su mujer, y también que una persona joven se interesara por su apasionante vida. Los tiempos habían cambiado, su descendencia toda era mexicana y las circunstancias muy diferentes a las de sus nietos. Me explicaba que mientras uno de sus nietos más jóvenes a sus veintipocos años le decía que sus deseos eran comprar un coche último modelo, él le replicaba que a su edad ya mandaba a un ejército. Antes de marchar me mostró las publicaciones que recibía en catalán, como la publicación del Partit Socialista Unificat de Catalunya, (PSUC) Treball que lo leía en su juventud y algunas ediciones del Orfeò Català de la Ciudad de México. Salí de su casa con gran satisfacción de haber conocido a aquel hombre. Al cabo de un mes me enteré del fallecimiento de su mujer, lo llamé para darle el pésame y decidí esperar un poco más para pedirle otra cita.

Un día tomando un café en el centro de mi ciudad abrí el envoltorio del azúcar, me fijé que ponía con letras pequeñas: Elaborado por Estuchados de Azúcar Gloria, guardé el «papelito» con la intención de mostrárselo cuando lo viera nuevamente, pero no pude volver a hablar con él. Habían pasado unos cuantos meses del fallecimiento de su mujer cuando él también se fue. Me quedé con un sentimiento de pena y como siempre ese frustrante vacío que dejan los fallecimientos, pensando en todo aquello que no pudimos llegar a decir. Estoy seguro que le hubiese dado mucha alegría ver el nombre de la empresa que él fundó.

Y todo sea dicho, Estuchados de Azúcar Gloria actualmente está posicionada en el mercado nacional gracias al trabajo de Don Román Fernández López, un asturiano que se estableció en México a fines de los años veinte del siglo XX. A partir de los años sesenta fue el propietario y a él se le debe que en nuestros días siga siendo una gran y próspera empresa.[1]

Es necesario velar porque estas experiencias, tanto la del señor Luis Ferrer Falgueras, como la de Don Román Fernández López, y las de tantísimos otros que llegaron a México en circunstancias diferentes pero igual de valiosas en experiencias y legados a la tierra de acogida, sean recuperadas para el bien de la memoria histórica de México, de Cataluña y de España.

Walter Arias

Barcelona, mayo de 2011.

 


[1]Agradezco especialmente a Estuchados de Azúcar Gloria, quienes amablemente me facilitaron información sobre la historia de la empresa. Con sus actuales propietarios continúa ofreciendo calidad, variedad y originalidad a los cafés y restaurantes de todo México.