30. Raquel la mujer sexual…

Pachuca. Abril 17 de 1918

Raquel estudiaba en la Escuela de Comercio, era muy popular no por comadrería sino por su andar casi prusiano, era muy bonita, su piel morena armonizaba con sus oscuros ojos… su cuerpo estatuario hacía resaltar sus ebúrneos senos, senos desafiantes; se adivinaba lo turgente de ellos; sus calipígias caderas atesoraban un nido de placeres, su olor, aquel aroma tan peculiar a ella, a hembra ¡pero qué hembra!

Todo el que bailaba con ella se quejaba de intranquilidad, se ponían nerviosos al grado de no poder dar un paso más. Cuando me tocó en suerte el bailar con ella confirmé lo que tanto me decían.

La atracción que Raquel tenía por el sexo contrario era formidable. A todos nos gustaba, todos la pretendíamos, pero a ninguno nos hacía caso, pasaba serena entre la turba de estudiantes sin que en su rostro se denotase la menor turbación.

En un Liceo efectuado en la Escuela de Comercio procuré quedar junto a ella para platicar más a mis anchas.

—Oiga Raquelito ¿Usted que nunca se ha enamorado?

—No, porque no he encontrado al hombre que llene mis aspiraciones.

—¿Pero entre sus compañeros o entre los míos no hay uno que, más o menos, le simpatice?

—¿Y por qué no se metió usted entre ellos?

—Porque mire Raquelito, yo formo una entidad aparte, yo la aprecio a usted de una manera especial, mi afecto por usted es muy grande casi…

—Casi que me adora ¿no es cierto?

—No se burle usted, porque, aunque sea fría como una estatua, llegará el día en que esa nieve de su corazón sea derretida por el fuego de un corazón que la ame.

—¿Y quién podrá enamorarse de mí? No creo tener un atractivo que pudiera llamar la atención de un hombre.

—No diga usted tal, porque presente está quien siempre la ha admirado, no sólo por su belleza, sino también por su inteligencia y su virtud. Porque usted no es como las demás mujeres que se envanecen cuando se sienten guapas. Usted es una, por no decir la única, de las mujeres que yo he conocido, la más adorable, la más encantadora. En fin, que todos los dones de que la naturaleza la ha favorecido han hecho de mí a uno de sus más fervientes adoradores. Mira Raquel, no me conteste aún, espere a que le acabe la explicar lo qué es el intenso fuego en el cual me consumo por usted, yo quisiera que de mi boca saliera con fluidez la palabra sonora de un Castelar para poder explicar con dulzura de qué es capaz mi corazón, lo mucho que yo la amo. —Se quedó callada por unos instantes y después habló:

—Mire Severino, no quiero que usted hable así. No queriendo, casi me he dejado convencer y no quiero obrar con el calor del momento, quiero meditar la respuesta que le he de dar.

—¿Y el sufrimiento de la incertidumbre?

—De eso no tenga cuidado, que, ganada estoy.

—¿Entonces qué hago? será para mí una felicidad si me permite acompañarla a la salida de sus clases por la noche.

—No me opongo, puede usted acompañarme, que agradable siempre ha sido su compañía.

—Gracias Raquelito. Soy el más feliz de los hombres. —Terminó el concierto y nos despedimos.

Al día siguiente nadie me lo creía, nada más que yo. Les conté que ya era mi novia y cuando me vieron acompañarla hasta su casa, en la cerrada de Hidalgo, se quedaron lelos al ver que yo había vencido el hermetismo de Raquel.

Días después ya la tomaba por el brazo y la hacía que nos desviáramos de su ruta hasta el parque Hidalgo; después me permitió besarla ¡qué dicha la mía! ¡besar a Raquel! Era una cosa imposible pero cierta para mí que la había sentido temblar entre mis brazos.

Ella aceptaba con beneplácito todas mis caricias y las correspondía con todo el fuego de su juventud, era una mujer adorable en todas sus partes, llenándome de satisfacción aquel triunfo que mis amigos habían creído imposible.

¿Por qué teniendo tantos pretendientes y algunos de ellos con porvenir me había preferido entre todos ellos? ¿Sería posible que en verdad me quisiera? yo no me atrevía a reclamarle el sí de antaño, pero para qué lo quería sí era mía de alma. ¿No me incendiaba con sus besos? ¿No temblaba ella entre mis brazos? ¿Para qué quería más? Y callaba…

A…

¡Qué hermosura! ¡qué delirio! ¡qué arrogancia!

¡Qué atractivo, qué belleza, qué concierto!

en tus líneas; en tus curvas qué elegancia

la que irradia al andar tu lindo cuerpo.

Esos ojos son luceros de esperanza,

esa boca, esos labios, qué portento;

y tu cuello alabastrino es semblanza,

de una estrella, de una venus o de un cuento.

Y ese encanto de belleza y de porfía q

que a los ojos de este mundo van brillando,

es más bello y más grande todavía

cuando dice: «¡ya soy tuya, toda mía!»

Soy dichoso porque me ama y me comprende;

todo en ella es sublime cual botón

que se abre para amarme y para verme

y quererme con todito el corazón…

Severino

 

Nuestra felicidad, o más bien la mía, no duró más que seis meses porque se vio comprometida a casarse y digo esto porque el elegido por sus familiares estaba bien viejo. Las cuestiones pecuniarias de la familia la obligaron al sacrificio. Se casó sin amor y aún más, supo honrar el nombre que por interés había tomado… me la figuro feliz porque nunca más nos volvimos a hablar.

 

 

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