Mi particular 11 de septiembre

Eran las ocho de la mañana cuando mi madre se marchaba al trabajo y al despedirse me dijo unas palabras que me llenaron de terror:

«Acaban de derrumbar las torres gemelas de Nueva York con un atentado terrorista. ¡Espantoso!»

Entre la tímida luz que entraba por las cortinas me levanté temeroso y fui hasta el cuarto donde estaba la televisión. Los reporteros narraban las imágenes de dos aviones que se estrellaban, sobre las torres acristaladas, desintegrándose en una nube de fuego y humo. La imagen se repetía una y otra vez; luego daba paso al derrumbe de aquellas dos icónicas construcciones que se venían abajo entre nubes negras y gritos de terror de los testigos. Culpaban al terrorismo islámico de Al-Qaeda y esperaban las palabras del presidente de los Estados Unidos de América para conocer las acciones que decidiría a partir de ese momento.

Me metí a la ducha sin poder quitarme las imágenes de la cabeza, pues dentro de dos horas debía de estar en el aeropuerto de Guanajuato para viajar a la Ciudad de México y por la noche tomar un vuelo transatlántico, con escala en París, hasta Barcelona. De haber sabido que eso iba a pasar, el vuelo comprado un mes antes lo habría cambiado para cualquier otra fecha.

Buscaba que el agua caliente sobre mi cuerpo inhibiera el miedo que me había invadido al grado de dudar si subir al avión o no, quería que todo se aclarase y nos dijesen que era seguro volar. En ningún momento pensé en la posibilidad de secuestros aéreos, sino en las consecuencias de que hubiesen estrellado cuatro aviones, según los medios, contra edificios icónicos estadounidenses. Eso sin duda iba a desembocar en una respuesta contra los fanáticos asesinos, por parte de otros fanáticos asesinos. Por mi cabeza pasaban misiles tierra aire o aviones caza controlados por imbéciles que solían equivocarse cuando se trataba de derribar objetivos.

Muy a mi pesar, llegué al aeropuerto de Guanajuato a las doce del mediodía, donde aparentemente no pasaba nada. Cuarenta minutos después caminaba bajo el sol hacia un avión que nos esperaba en la pista; era un ATR 42 de turbohélices con una capacidad para cuarenta y pocos pasajeros. Quizás éramos veinte los que subimos a aquel pajarillo con hélices. El capitán nos daba la bienvenida, al tiempo que un pasajero que no podía ocultar su miedo escupía groserías al piloto, pues le habían dicho que volaría en un avión grande «no en esta chingadera». El piloto, por su parte, mantenía el temple, sin disimular su desagrado hacia la actitud de un ignorante en aeronáutica cagado por el miedo de la incertidumbre.

La propia velocidad de la aeronave hizo que el vuelo fuese un poco más tardado de lo habitual. Los vientos que sacudían al avión provocaban que los pasajeros nos mareásemos y uno que otro, principalmente el hombre que había insultado al capitán soltara varios improperios que nos ponían más nerviosos. Los asientos estaban distribuidos en dos filas, una frente a la otra, por lo que podíamos ver nuestros rostros lívidos que no recuperarían su color hasta que tocásemos tierra; en mi caso, hasta que no probé algo de alimento que me estabilizó la presión cardiaca.

El aeropuerto de la Ciudad de México parecía desalojado por la fuerza, la poca vida se limitaba a trabajadores de la limpieza, taxistas que esperaban a algún cliente, o meseros aburridos sin comensales que atender. La ausencia de gente me provocaba escalofríos. Las televisiones de los bares y restaurantes repetían las imágenes de los aviones contra las torres, y todos los vuelos anunciados en las pantallas aparecían cancelados. Me vi, en ese momento, deseando que mi vuelo también lo estuviese y esconderme en algún lugar solitario a reflexionar.

A las dos de la tarde llegó un amigo que trabajaba en las aduanas del aeropuerto, a quien le apodábamos «el torito». Él, al igual que todos, estaba perplejo por la situación, además de que era la primera vez que veía el aeropuerto desierto. Fuimos a comer y no había otro tema de qué hablar, más que el de las torres cayendo como un castillo de arena al que un niño berrinchudo destruía al ya no querer jugar. Tras la larga espera, no nos quedó más remedio que beber cerveza con tal de disipar el miedo, aunque él, cada que veía la repetición de la caída de las torres gritaba «¡faltó la estatua de la libertad, cabrones!». En otro momento podría ser gracioso, pero a pesar del alcohol que llevaba dentro, mis nervios no querían chistes.

La aerolínea por la que viajaría no daba información sobre el vuelo de esa noche, pues el espacio aéreo estadounidense estaba cerrado y no sabían qué tipo de ruta les aprobarían si llegase el caso. Si el vuelo se cancelaba, nos tocaba a todos los pasajeros buscarnos el alojamiento por nuestra cuenta… hasta nuevo aviso.

Dos horas más tarde nos avisaron que el vuelo a París sí partiría, pero sin saber la hora precisa. Me despedí de mi amigo el torito a las nueve de la noche y entré a la sala de espera obnubilado por el alcohol, sin pensar en nada más que en seguir a los otros pasajeros entre pasillos y tiendas Duty Free. Finalmente, otras dos horas después el Boeing 747 de Air France sobrevolaba Cuba y de esta forma cruzaría el Atlántico sin pasar por los Estados Unidos. A pesar del clima artificial del avión, seguía sintiendo frío. Nunca había visto a la tripulación y a todos los pasajeros con el sobresalto a flor de piel, lo cual no ayudaba en nada a relajarse durante el viaje. Si alguien me preguntaba a qué olía el miedo, podía decirle que respirase aquel aire que nos envolvía. Las horas que duró el trayecto no las recuerdo, quizás dormí.

Llegamos a París con dos horas de retraso y con la conexión perdida a Barcelona. Un autobús del mismo aeropuerto conectaba las terminales y nos llevaría a la correspondiente. Fui de los primeros en subir y busqué el asiento más cercano a la puerta trasera; desde ahí observé a los pasajeros que venían en mi vuelo y que tenían la misma conexión que yo: un hombre viejo español que iba despotricando sobre su experiencia en México como inversionista, la cual le había provocado pérdidas y más rabias de las que debía tener para su edad; su hija quien lo secundaba en los disgustos y decepciones mexicanas; y el yerno que parecía habérselo pasado mejor pero no se atrevía a decir nada. Detrás de tan finas personas, venían tres pasajeros españoles que volvían a su tierra después de unas vacaciones, dos de ellos por cortesía de su agencia de viajes; y la otra era una chica que había visto en el aeropuerto de México con su novio, un típico indigenista mexicano con ropas que pretendían acercarse a las culturas autóctonas sin conseguirlo, más que en la imaginación de la chica. Todos compartían su catatonia por los sucesos de las torres gemelas, excepto yo que no quería hablar con nadie.

Una vez que estuvimos en la terminal, me mantuve alejado de ellos en la propia cola mientras que los empleados de la aerolínea comunicaban que Air France no era responsables de la pérdida de conexión, ya que habían sido causas ajenas a la empresa. En eso entró en acción el hombre viejo español, que les comenzó a gritar, blasfemando como un camionero y exigiendo a los franceses la conexión y que le respetasen su lugar en Business Class; el resto de los afectados mirábamos la expresión del francés que no entendía las palabras, pero sí las intenciones. Las cejas del empleado se arqueaban al tiempo que entreabría la boca y adoptaba un gesto de obviedad, hasta que se sintió amenazado por los gruñidos de aquel español rabioso; en ese momento podía apostar a que todos nos caía mal, incluyendo a su hija y al yerno. Pese a que tenía razón, nos hacía pasar vergüenza ajena. El empleado tecleó en su computadora unas claves, nos dio unos nuevos billetes y nos guio por una puerta especial sin tener que pasar por el control migratorio, y así evité mostrar el pasaporte mexicano, que tal vez me hubiera hecho perder más tiempo.

Al llegar a la sala de embarque del último trayecto intenté comunicarme con Barcelona para avisar que llegaría tarde, o con México para informar que estaba bien. Sin embargo, fue imposible, las tarifas de teléfono eran altas, no llevaba francos franceses, los mensajes de texto no funcionaban y los teléfonos inteligentes aún no existían.

Alrededor, el bullicio no dejaba descansar ni asimilar lo vivido hasta el momento. En las mesitas de las salas y pasillos la prensa anunciaba el atentado con las letras más grandes que tuvieran en la imprenta, adornados con dibujos del Tío Sam sin piernas, aviones explotando, George W. Bush con su siempre cara de serenidad y, por otro lado, la imagen del enemigo público número uno: Osama Bin Laden, el presunto autor intelectual del ataque contra los Estados Unidos.

Una vez dentro del avión, perdí de vista al español rabioso y su familia, —no supe si al final le respetaron su lugar en Business Class—, y me senté junto a un mexicano que iba a visitar a su hijo, el cual trabajaba en no sé qué empresa francesa radicada en Barcelona. Solo quedaba una hora y cuarenta y cinco minutos de vuelo. El hombre, muy amable, con calma y orgullo nacionalista me explicaba que Bin Laden no había sido el primero que atacaba a los Estados Unidos en su propia tierra, sino Pancho Villa; lo cual era motivo de presunción, ya que solo dos personas se habían atrevido a desafiar al Imperio. Me pedí todo el vino que pude con tal de que lo que dijese aquel hombre me diera igual, estaban siendo demasiadas emociones para mí. Hasta que no encontrara una cama donde dormir entonces podría hablar de la odisea que estaba viviendo.

A las diez de la noche aterrizamos en el aeropuerto del Prat en Barcelona. Con mi equipaje ya recuperado de las cintas, salí hasta donde me esperaban varios amigos míos, que desde las siete se habían puesto a beber, mientras llegaban todos los vuelos procedentes de París; estaban seguros de que en alguno aparecería yo. La mayoría de ellos estaban algo borrachos y me recibieron con un: «vaya día elegiste para viajar».

A las once de la noche me instalé en una habitación de casa de unos amigos en la calle Rera Palau, dormí entre sábanas blancas y frescas, y al día siguiente me puse a asimilar todo lo vivido. Todo esto hoy me causa gracia recordarlo, pero aquella vez lo viví como uno de los peores viajes de mi existencia.

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