Archivo de la categoría: Sin categoría

Conversatorio en Los pasos de Egeria

Otras Miradas: Un ciclo de charlas en el que conoceremos el universo creativo de autoras y autores.
El próximo viernes 29 de abril conversaremos con Walter Arias sobre una novela que le llevó muchos años de investigación sobre vida cotidiana, comercio y la industria textil del siglo XVIII.
Una familia, un largo viaje entre Barcelona y la Nueva España…muchas aventuras y dificultades para fabricar El estampado perfecto.
Booktrailer
https://youtu.be/18_cno0AQZ4
🗓Viernes 29 de abril
⏰ 19h 🇪🇸 – 12h 🇲🇽
📍 Youtube @Lospasosdegeria
🔴 Con la colaboración de:
Consulmex Barcelona
Joss Mure

Oferta en Amazon

El estampado perfecto está de oferta en Amazon.com para quienes quieran pedirlo desde México. Recuerden que hay que entrar a la página de Amazon USA, pues es de donde se envía para el continente americano.

Para quienes no quieran comprar en Amazon, próximamente lo podrán adquirir en librerías locales de su país, aunque a un precio más elevado, pues la distribuidora, la imprenta y las filiales tienen que ganar su parte.

Servicios editoriales de calidad

No entiendo por qué mi libro “el estampado perfecto” no lo distribuye directamente en México Amazon, como sí sucede con el resto de mis libros, lo que provoca que se ofrezca al doble del precio que yo fijé en Amazon. Es algo que tengo qué averiguar y si es posible solucionar.

Buscando yo mismo una empresa editorial que me brindara los servicios de impresión, estuve en contacto con algunas de León, Gto., cuyos costos eran absurdamente altos y de calidad media. Lo que yo quería ahorrarme era los gastos de envío, pero no fue posible porque cerca de donde vivo no hay imprentas de calidad que hagan el trabajo que requiero.

Al final encontré a la Editorial Sigel, que me ofreció el mejor precio y con la profesionalidad que buscaba. Me convencieron con su atención y precios. Por lo pronto, hay otras plataformas que ofrecen impresión bajo demanda, pero me gustaría, quizás, esperar las propuestas de Sigel, tanto para imprimir como para distribuir.

Ahora quiero hacer un reconocimiento público y recomendar a esta editorial por sus servicios profesionales. ¡Gracias, Editorial Sigel!

47. ¡Buenas noches, amor de mis amores! ¡Hasta luego, tal vez… o hasta mañana… A.N.

México. Noviembre 8 de 1922.

Ocupaba una de las viviendas de la casa en que yo habitaba, era amante de uno de los más ricachones de la ciudad de México como lo era Carlos Chambón. Tenía veinte años, originaria de Guadalajara; toda una belleza, como lo son la mayor parte de las mujeres de por allá, y se llamaba Violeta del Guante.

Su estatura más o menos era como la de la Venus de Milo; su piel de blanquísima nieve; sus ojos negros y grandes despedían fuego, su boquita pequeña en arco de cupido; su cabello de negrísimo azabache caía sobre sus preciosos hombros en olímpica cascada; su cuerpo, lo he dicho, era de una Venus digna del escultor Fidias.

Era una exhibicionista de primera, pues le gustaba enseñar sus hermosas desnudeces, causando la tentación de los hombres y el escándalo del vecindario. Afortunadamente para ella, con nadie había hecho amistad. Allá de tarde en tarde, un coche se paraba en la puerta de la que bajaba don Carlos y a más tardar una hora después salía, y por eso no llamaba la atención.

Había entre los muchachos dos hermanos que eran cuates o mellizos, que se las daban de conquistadores y en realidad lo eran, pues me consta la cantidad de conquistas que se cargaban; uno de ellos llamado Napoleón le hizo el amor a Violeta y consiguió hacerla su novia, con la consiguiente envidia de los demás compañeros y hasta mía, pues la conquista valía eso y más.

Un domingo que era día de mi santo y cumpleaños, estaba yo parado en el zaguán de la casa cuando acertó a pasar ella que llegaba de la calle y al entrar me dio un bolsazo; lo primero que me figuré fue que me había confundido con uno de los mellizos; no hice caso y seguí estacionado. Volvió a salir y otra vez la misma operación que me obligó a ponerme frente a la luz para que enmendara su equívoco, no porque no me gustara la chanchita y más viniendo de ella; cuando ella torno a entrar de nuevo ya la luz me daba de lleno, entonces me dijo:

—¿Se enojó?

—No Violetita, de ninguna manera, lo que temía era que me confundiese con el cuate.

—No hombre, ahorita vengo —Se metió para volver a salir—. Tengo que ir hasta la calle de Mesones y ya es muy noche…

—Pues si mi compañía no le molesta, ni le trae ningún percance estoy a su disposición.

—Pues ya que usted quiere, vamos —respondió.

—Nada más que tendremos que caminar, porque de antemano le aviso que no cuento con un centavo.

—Eso es lo que yo deseaba, hacer ejercicio, casi nunca camino y esto me vendrá de perilla.

—Entonces vámonos— La tomé de su brazo y caminamos. La imaginación me llevaba muy lejos al sentir la suavidad de su piel bajo mi mano. Habíamos caminado de la casa a la avenida 5 de Mayo cuando ella se sentía fatigada.

—Si usted quiere nos devolvemos —le dije.

—No, mejor entramos a descansar a un cuarto que dispongo en el Hotel Cántabro. —Vamos… todo era un truco para satisfacer un capricho de mujer, de lo cual yo estaba encantado.

Entramos a su cuarto que estaba amueblado y acondicionado para garçonier.

—¿Qué te parece? —dijo.

—Encantador… —Yo nunca me había amilanado y esta vez menos que las otras; la tomé por su diminuta cintura y con mis potentes brazos la levanté a lo alto y la dejé resbalar para que, al tenerla a la altura de mi cara, le dio un beso que quizás duraría diez minutos.

—¡Quiero verte desnudo y admirar tu musculatura de atleta! —Que en realidad lo era. Me desnudé hasta la cintura y ella loca de alegría besaba mis robustos brazos y me rogaba que la levantara como a una niña. Hice gala de mi fuerza estrujándola como hilacho, pero con dulzura; y entre caricias y besos, la hacía reír a carcajadas de voluptuosidad… se cumplía la ley biológica del más fuerte. —¡Eres un verdadero hombre, ahora métete en la cama y te voy a demostrar que yo también tengo lo mío! —continuó.

Me acosté y esperé. Se trepó en la cama y empezó a desnudarse poco a poco, causándome impaciencia hasta que cayó la última prenda y entonces apareció el cuerpo de mujer más bello y perfecto que yo había contemplado; no osaba hablar, no hacía más que verla, hasta que ella rompió el silencio:

—¿Qué te parezco? ¿puedo hacer pareja contigo?

No hable más. La tomé en mis brazos y nos fundimos en un torbellino de voluptuosidad lujuriosa, al grado de que cuando nos dimos cuenta ya eran las cinco de la mañana. Estábamos rendidos, pero no para hacer a un lado mis estudios de medicina, me paré a pesar de su insistencia y me fui al hospital.

Estas citas se repitieron muchas veces, pero ella se volvía más y más exigente en lo relativo al tiempo y a lo que le respondí terminantemente:

—La noche es tuya y vaya que con eso pierdo algo en mis estudios, pero el día pertenece a mi carrera, así es que te avienes o terminamos de una vez por todas. —Ella lloró por mi brusquedad, pues creía que buscaba una ocasión para terminar con ella hasta que la convencí de su error y quedamos tan contentos como siempre.

Ya su hermana se había dado cuenta de nuestras entrevistas y le había pedido más cautela, que dominara sus impulsos, pero ella no le hizo caso. Me quería a tal grado que era capaz de cometer una burrada y de paso comprometerme, y así lo hizo una vez que me encontró platicando con la hija de una española que tenía una casa de asistencia arriba de la mía, y que después fue también mi novia. Ese escándalo me obligó a cambiarme dos números más adelante, a una casa más independiente.

Se había endiosado conmigo y eso me molestaba un poco porque no me dejaba ni a sol ni a sombra, a pesar de las seguridades que yo le dispensaba y aunque se daba cuenta de que yo decía verdad, dio en espiarme y en seguirme por todas partes hasta aburrirme con sus celos.

Sufría lo indecible con mis reconvenciones, pero era sumamente feliz cuando se encontraba a solas conmigo y yo no la defraudaba en sus deseos.

La dicha como el sufrimiento nunca son eternos, pues tal parece que don Carlos se dio cuenta de los desvíos de su amada y sin decirla agua va, se la llevó a Europa.

Recibí varias cartas de ella, las que nunca contesté y nunca más la volví a ver… Sólo una vez ya siendo médico me pareció reconocerla en el Teatro Ideal, y a pesar de que iba solo no me atreví ni siquiera a seguirla mirando. Era una mujer pasional, sexual, erótica y muchas cosas más; pero me hizo feliz con su cuerpo… ¡Era tan hermosa!