Mi particular 11 de septiembre

Eran las ocho de la mañana cuando mi madre se marchaba al trabajo y al despedirse me dijo unas palabras que me llenaron de terror:

«Acaban de derrumbar las torres gemelas de Nueva York con un atentado terrorista. ¡Espantoso!»

Entre la tímida luz que entraba por las cortinas me levanté temeroso y fui hasta el cuarto donde estaba la televisión. Los reporteros narraban las imágenes de dos aviones que se estrellaban, sobre las torres acristaladas, desintegrándose en una nube de fuego y humo. La imagen se repetía una y otra vez; luego daba paso al derrumbe de aquellas dos icónicas construcciones que se venían abajo entre nubes negras y gritos de terror de los testigos. Culpaban al terrorismo islámico de Al-Qaeda y esperaban las palabras del presidente de los Estados Unidos de América para conocer las acciones que decidiría a partir de ese momento.

Me metí a la ducha sin poder quitarme las imágenes de la cabeza, pues dentro de dos horas debía de estar en el aeropuerto de Guanajuato para viajar a la Ciudad de México y por la noche tomar un vuelo transatlántico, con escala en París, hasta Barcelona. De haber sabido que eso iba a pasar, el vuelo comprado un mes antes lo habría cambiado para cualquier otra fecha.

Buscaba que el agua caliente sobre mi cuerpo inhibiera el miedo que me había invadido al grado de dudar si subir al avión o no, quería que todo se aclarase y nos dijesen que era seguro volar. En ningún momento pensé en la posibilidad de secuestros aéreos, sino en las consecuencias de que hubiesen estrellado cuatro aviones, según los medios, contra edificios icónicos estadounidenses. Eso sin duda iba a desembocar en una respuesta contra los fanáticos asesinos, por parte de otros fanáticos asesinos. Por mi cabeza pasaban misiles tierra aire o aviones caza controlados por imbéciles que solían equivocarse cuando se trataba de derribar objetivos.

Muy a mi pesar, llegué al aeropuerto de Guanajuato a las doce del mediodía, donde aparentemente no pasaba nada. Cuarenta minutos después caminaba bajo el sol hacia un avión que nos esperaba en la pista; era un ATR 42 de turbohélices con una capacidad para cuarenta y pocos pasajeros. Quizás éramos veinte los que subimos a aquel pajarillo con hélices. El capitán nos daba la bienvenida, al tiempo que un pasajero que no podía ocultar su miedo escupía groserías al piloto, pues le habían dicho que volaría en un avión grande «no en esta chingadera». El piloto, por su parte, mantenía el temple, sin disimular su desagrado hacia la actitud de un ignorante en aeronáutica cagado por el miedo de la incertidumbre.

La propia velocidad de la aeronave hizo que el vuelo fuese un poco más tardado de lo habitual. Los vientos que sacudían al avión provocaban que los pasajeros nos mareásemos y uno que otro, principalmente el hombre que había insultado al capitán soltara varios improperios que nos ponían más nerviosos. Los asientos estaban distribuidos en dos filas, una frente a la otra, por lo que podíamos ver nuestros rostros lívidos que no recuperarían su color hasta que tocásemos tierra; en mi caso, hasta que no probé algo de alimento que me estabilizó la presión cardiaca.

El aeropuerto de la Ciudad de México parecía desalojado por la fuerza, la poca vida se limitaba a trabajadores de la limpieza, taxistas que esperaban a algún cliente, o meseros aburridos sin comensales que atender. La ausencia de gente me provocaba escalofríos. Las televisiones de los bares y restaurantes repetían las imágenes de los aviones contra las torres, y todos los vuelos anunciados en las pantallas aparecían cancelados. Me vi, en ese momento, deseando que mi vuelo también lo estuviese y esconderme en algún lugar solitario a reflexionar.

A las dos de la tarde llegó un amigo que trabajaba en las aduanas del aeropuerto, a quien le apodábamos «el torito». Él, al igual que todos, estaba perplejo por la situación, además de que era la primera vez que veía el aeropuerto desierto. Fuimos a comer y no había otro tema de qué hablar, más que el de las torres cayendo como un castillo de arena al que un niño berrinchudo destruía al ya no querer jugar. Tras la larga espera, no nos quedó más remedio que beber cerveza con tal de disipar el miedo, aunque él, cada que veía la repetición de la caída de las torres gritaba «¡faltó la estatua de la libertad, cabrones!». En otro momento podría ser gracioso, pero a pesar del alcohol que llevaba dentro, mis nervios no querían chistes.

La aerolínea por la que viajaría no daba información sobre el vuelo de esa noche, pues el espacio aéreo estadounidense estaba cerrado y no sabían qué tipo de ruta les aprobarían si llegase el caso. Si el vuelo se cancelaba, nos tocaba a todos los pasajeros buscarnos el alojamiento por nuestra cuenta… hasta nuevo aviso.

Dos horas más tarde nos avisaron que el vuelo a París sí partiría, pero sin saber la hora precisa. Me despedí de mi amigo el torito a las nueve de la noche y entré a la sala de espera obnubilado por el alcohol, sin pensar en nada más que en seguir a los otros pasajeros entre pasillos y tiendas Duty Free. Finalmente, otras dos horas después el Boeing 747 de Air France sobrevolaba Cuba y de esta forma cruzaría el Atlántico sin pasar por los Estados Unidos. A pesar del clima artificial del avión, seguía sintiendo frío. Nunca había visto a la tripulación y a todos los pasajeros con el sobresalto a flor de piel, lo cual no ayudaba en nada a relajarse durante el viaje. Si alguien me preguntaba a qué olía el miedo, podía decirle que respirase aquel aire que nos envolvía. Las horas que duró el trayecto no las recuerdo, quizás dormí.

Llegamos a París con dos horas de retraso y con la conexión perdida a Barcelona. Un autobús del mismo aeropuerto conectaba las terminales y nos llevaría a la correspondiente. Fui de los primeros en subir y busqué el asiento más cercano a la puerta trasera; desde ahí observé a los pasajeros que venían en mi vuelo y que tenían la misma conexión que yo: un hombre viejo español que iba despotricando sobre su experiencia en México como inversionista, la cual le había provocado pérdidas y más rabias de las que debía tener para su edad; su hija quien lo secundaba en los disgustos y decepciones mexicanas; y el yerno que parecía habérselo pasado mejor pero no se atrevía a decir nada. Detrás de tan finas personas, venían tres pasajeros españoles que volvían a su tierra después de unas vacaciones, dos de ellos por cortesía de su agencia de viajes; y la otra era una chica que había visto en el aeropuerto de México con su novio, un típico indigenista mexicano con ropas que pretendían acercarse a las culturas autóctonas sin conseguirlo, más que en la imaginación de la chica. Todos compartían su catatonia por los sucesos de las torres gemelas, excepto yo que no quería hablar con nadie.

Una vez que estuvimos en la terminal, me mantuve alejado de ellos en la propia cola mientras que los empleados de la aerolínea comunicaban que Air France no era responsables de la pérdida de conexión, ya que habían sido causas ajenas a la empresa. En eso entró en acción el hombre viejo español, que les comenzó a gritar, blasfemando como un camionero y exigiendo a los franceses la conexión y que le respetasen su lugar en Business Class; el resto de los afectados mirábamos la expresión del francés que no entendía las palabras, pero sí las intenciones. Las cejas del empleado se arqueaban al tiempo que entreabría la boca y adoptaba un gesto de obviedad, hasta que se sintió amenazado por los gruñidos de aquel español rabioso; en ese momento podía apostar a que todos nos caía mal, incluyendo a su hija y al yerno. Pese a que tenía razón, nos hacía pasar vergüenza ajena. El empleado tecleó en su computadora unas claves, nos dio unos nuevos billetes y nos guio por una puerta especial sin tener que pasar por el control migratorio, y así evité mostrar el pasaporte mexicano, que tal vez me hubiera hecho perder más tiempo.

Al llegar a la sala de embarque del último trayecto intenté comunicarme con Barcelona para avisar que llegaría tarde, o con México para informar que estaba bien. Sin embargo, fue imposible, las tarifas de teléfono eran altas, no llevaba francos franceses, los mensajes de texto no funcionaban y los teléfonos inteligentes aún no existían.

Alrededor, el bullicio no dejaba descansar ni asimilar lo vivido hasta el momento. En las mesitas de las salas y pasillos la prensa anunciaba el atentado con las letras más grandes que tuvieran en la imprenta, adornados con dibujos del Tío Sam sin piernas, aviones explotando, George W. Bush con su siempre cara de serenidad y, por otro lado, la imagen del enemigo público número uno: Osama Bin Laden, el presunto autor intelectual del ataque contra los Estados Unidos.

Una vez dentro del avión, perdí de vista al español rabioso y su familia, —no supe si al final le respetaron su lugar en Business Class—, y me senté junto a un mexicano que iba a visitar a su hijo, el cual trabajaba en no sé qué empresa francesa radicada en Barcelona. Solo quedaba una hora y cuarenta y cinco minutos de vuelo. El hombre, muy amable, con calma y orgullo nacionalista me explicaba que Bin Laden no había sido el primero que atacaba a los Estados Unidos en su propia tierra, sino Pancho Villa; lo cual era motivo de presunción, ya que solo dos personas se habían atrevido a desafiar al Imperio. Me pedí todo el vino que pude con tal de que lo que dijese aquel hombre me diera igual, estaban siendo demasiadas emociones para mí. Hasta que no encontrara una cama donde dormir entonces podría hablar de la odisea que estaba viviendo.

A las diez de la noche aterrizamos en el aeropuerto del Prat en Barcelona. Con mi equipaje ya recuperado de las cintas, salí hasta donde me esperaban varios amigos míos, que desde las siete se habían puesto a beber, mientras llegaban todos los vuelos procedentes de París; estaban seguros de que en alguno aparecería yo. La mayoría de ellos estaban algo borrachos y me recibieron con un: «vaya día elegiste para viajar».

A las once de la noche me instalé en una habitación de casa de unos amigos en la calle Rera Palau, dormí entre sábanas blancas y frescas, y al día siguiente me puse a asimilar todo lo vivido. Todo esto hoy me causa gracia recordarlo, pero aquella vez lo viví como uno de los peores viajes de mi existencia.

¡Nueva novela a la venta!

Un hombre, empeñado en convertirse en escritor de éxito, se queda sin dinero y sin casa, por lo que se ve obligado a dejar su ciudad natal en busca de un familiar que pueda alojarlo unos días y comenzar una nueva vida. Mientras espera su partida se refugiará entre estudiantes, se ilusionará con una hermosa joven y sin proponérselo deberá enfrentarse a la nostalgia, a incidentes y a las ganas de seguir adelante con su vida. Todo esto en una pintoresca ciudad mexicana que le parecerá, al protagonista, una gran desconocida.

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El estampado perfecto, nuevamente…

Después de un año decidí darle una nueva corrección de estilo a la novela El estampado perfecto. No solo eso, sino que también he hecho unos pequeños cambios en algunas escenas (si usted ya lo leyó no se preocupe, la historia sigue siendo la misma). También aproveché para agradecer y dedicar esta obra a quien me animó a escribir hace muchos años y que ha sido patente de las peripecias de Francisco Iglesias Capdevila, desde que lo descubrí en aquellos documentos olvidados del Archivo General de la Nación. 

A quienes hayan leído esta novela, si les gustó, les pido por favor recomendar a sus amistades que lean la historia de este catalán, la cual merece la pena conocer y rescatar del olvido.

 Compra aquí.

30. Raquel la mujer sexual…

Pachuca. Abril 17 de 1918

Raquel estudiaba en la Escuela de Comercio, era muy popular no por comadrería sino por su andar casi prusiano, era muy bonita, su piel morena armonizaba con sus oscuros ojos… su cuerpo estatuario hacía resaltar sus ebúrneos senos, senos desafiantes; se adivinaba lo turgente de ellos; sus calipígias caderas atesoraban un nido de placeres, su olor, aquel aroma tan peculiar a ella, a hembra ¡pero qué hembra!

Todo el que bailaba con ella se quejaba de intranquilidad, se ponían nerviosos al grado de no poder dar un paso más. Cuando me tocó en suerte el bailar con ella confirmé lo que tanto me decían.

La atracción que Raquel tenía por el sexo contrario era formidable. A todos nos gustaba, todos la pretendíamos, pero a ninguno nos hacía caso, pasaba serena entre la turba de estudiantes sin que en su rostro se denotase la menor turbación.

En un Liceo efectuado en la Escuela de Comercio procuré quedar junto a ella para platicar más a mis anchas.

—Oiga Raquelito ¿Usted que nunca se ha enamorado?

—No, porque no he encontrado al hombre que llene mis aspiraciones.

—¿Pero entre sus compañeros o entre los míos no hay uno que, más o menos, le simpatice?

—¿Y por qué no se metió usted entre ellos?

—Porque mire Raquelito, yo formo una entidad aparte, yo la aprecio a usted de una manera especial, mi afecto por usted es muy grande casi…

—Casi que me adora ¿no es cierto?

—No se burle usted, porque, aunque sea fría como una estatua, llegará el día en que esa nieve de su corazón sea derretida por el fuego de un corazón que la ame.

—¿Y quién podrá enamorarse de mí? No creo tener un atractivo que pudiera llamar la atención de un hombre.

—No diga usted tal, porque presente está quien siempre la ha admirado, no sólo por su belleza, sino también por su inteligencia y su virtud. Porque usted no es como las demás mujeres que se envanecen cuando se sienten guapas. Usted es una, por no decir la única, de las mujeres que yo he conocido, la más adorable, la más encantadora. En fin, que todos los dones de que la naturaleza la ha favorecido han hecho de mí a uno de sus más fervientes adoradores. Mira Raquel, no me conteste aún, espere a que le acabe la explicar lo qué es el intenso fuego en el cual me consumo por usted, yo quisiera que de mi boca saliera con fluidez la palabra sonora de un Castelar para poder explicar con dulzura de qué es capaz mi corazón, lo mucho que yo la amo. —Se quedó callada por unos instantes y después habló:

—Mire Severino, no quiero que usted hable así. No queriendo, casi me he dejado convencer y no quiero obrar con el calor del momento, quiero meditar la respuesta que le he de dar.

—¿Y el sufrimiento de la incertidumbre?

—De eso no tenga cuidado, que, ganada estoy.

—¿Entonces qué hago? será para mí una felicidad si me permite acompañarla a la salida de sus clases por la noche.

—No me opongo, puede usted acompañarme, que agradable siempre ha sido su compañía.

—Gracias Raquelito. Soy el más feliz de los hombres. —Terminó el concierto y nos despedimos.

Al día siguiente nadie me lo creía, nada más que yo. Les conté que ya era mi novia y cuando me vieron acompañarla hasta su casa, en la cerrada de Hidalgo, se quedaron lelos al ver que yo había vencido el hermetismo de Raquel.

Días después ya la tomaba por el brazo y la hacía que nos desviáramos de su ruta hasta el parque Hidalgo; después me permitió besarla ¡qué dicha la mía! ¡besar a Raquel! Era una cosa imposible pero cierta para mí que la había sentido temblar entre mis brazos.

Ella aceptaba con beneplácito todas mis caricias y las correspondía con todo el fuego de su juventud, era una mujer adorable en todas sus partes, llenándome de satisfacción aquel triunfo que mis amigos habían creído imposible.

¿Por qué teniendo tantos pretendientes y algunos de ellos con porvenir me había preferido entre todos ellos? ¿Sería posible que en verdad me quisiera? yo no me atrevía a reclamarle el sí de antaño, pero para qué lo quería sí era mía de alma. ¿No me incendiaba con sus besos? ¿No temblaba ella entre mis brazos? ¿Para qué quería más? Y callaba…

A…

¡Qué hermosura! ¡qué delirio! ¡qué arrogancia!

¡Qué atractivo, qué belleza, qué concierto!

en tus líneas; en tus curvas qué elegancia

la que irradia al andar tu lindo cuerpo.

Esos ojos son luceros de esperanza,

esa boca, esos labios, qué portento;

y tu cuello alabastrino es semblanza,

de una estrella, de una venus o de un cuento.

Y ese encanto de belleza y de porfía q

que a los ojos de este mundo van brillando,

es más bello y más grande todavía

cuando dice: «¡ya soy tuya, toda mía!»

Soy dichoso porque me ama y me comprende;

todo en ella es sublime cual botón

que se abre para amarme y para verme

y quererme con todito el corazón…

Severino

 

Nuestra felicidad, o más bien la mía, no duró más que seis meses porque se vio comprometida a casarse y digo esto porque el elegido por sus familiares estaba bien viejo. Las cuestiones pecuniarias de la familia la obligaron al sacrificio. Se casó sin amor y aún más, supo honrar el nombre que por interés había tomado… me la figuro feliz porque nunca más nos volvimos a hablar.

 

 

Del Gironès a Guanajuato.

Entre aquell febrer i aquest novembre, no vull l’enyorança

d’ulls immòbils i lentes llàgrimes que necessita

orfeons i corrandes,

sinó la duresa del temps que fa navegables els records

i desenterra imatges.

Agustí Bartra. Oda a Catalunya des dels tròpics.

 

¿Qué hacía mirando el directorio telefónico de la ciudad de Guanajuato? No lo sé, ocio seguramente. El caso es que encontré un apellido que me sonaba familiar, Ferrer Falgueras, no porque lo conociese de algo sino porque mi objeto de estudio estaba relacionado con las diásporas y los exilios de catalanes en México,  aquellos apellidos sin duda eran de alguno de ellos. La ventaja –o a veces desventaja– de vivir en un pueblo como Guanajuato es que la mayoría de las personas nos conocemos de algo, al menos de vista, así que me informé a través de conocidos si era posible tener una conversación con aquel hombre y las referencias fueron favorables para conseguir una entrevista.

Don Luis Ferrer me recibió un lunes a las 12:00 del medio día. Vivía en el barrio de Pastita, en una casa grande donde el tiempo se había detenido en los años cincuenta, la decoración, mobiliario e iluminación regresaban al pasado. A un pasado sin duda interesante y dichoso en el que los protagonistas fueron muchos de los transterrados en un México que se modernizaba a pasos acelerados. Me senté en un sofá de piel frente al señor Ferrer que con sus ochenta y seis años seguía siendo un hombre fuerte pero cansado, afable en su trato y una memoria brillante. Su mujer lo acompañaba desde antes de la terrible guerra de España, juntos con un hijo de un año, habían salido hacia México para comenzar una vida provisional esperando que cayese la dictadura para después volver a su tierra. Ella se notaba algo más cansada y su salud más delicada. Ambos habían nacido y crecido en Salt en la provincia de Gerona. La señora, –desgraciadamente ahora no recuerdo su nombre–  me comentó que le había costado mucho adaptarse a México, sobre todo por la comida, ella quería volver a España y durante años esperó a que eso sucediera.

Cuando salí de su casa me arrepentí de no haber llevado una grabadora para guardar esas anécdotas que me explicaron, y mi memoria por desgracia no es tan buena cuando se trata de datos tan valiosos y abundantes. Intentaré recordar algunos –pido disculpas si cometo errores con algunos detalles y me arriesgo a que un familiar suyo me corrija, esperando no incordiarlo–. Luis Ferrer Falgueras había servido al Primer Batallón de la 136 Brigada, perteneciente a la 33 División del Ejército Popular Republicano, la cual finalmente en 1939, destacada en Madrid tuvo que salir hacia el exilio.

Su llegada a México hizo que, naturalmente, se reuniese con paisanos suyos que se encontraban en las mismas circunstancias, en una de las reuniones que frecuentaban conoció a un hombre que había servido a la aviación del bando sublevado y desertó cuando le ordenaron bombardear Barcelona, por la razón de peso de que su novia vivía en esa ciudad. Esa misma convivencia con otros transterrados les llevaron a crear iniciativas empresariales, algunos de sus conocidos investigaron el procesamiento de la harina de maíz para que ésta tuviera una larga duración y un mejor aprovechamiento, creando la nixtamalina. El señor Ferrer creó junto con otros una empresa dedicada a fabricar terrones de azúcar con la idea de vender el producto a las cafeterías mexicanas e imprimiendo la publicidad del negocio y de esta forma la envoltura servía de recomendación del restaurante o cafetería. Él tomaba como ejemplo de algunos cafés de Barcelona donde el azúcar se servía en terrones.  –Actualmente quedan pocos que los sirvan, el Cafè de l’Opera seguía con esta costumbre, al menos hasta hace pocos años–. La empresa del señor Ferrer prosperó con el nombre de Estuchados Mecánicos Gloria y lograron llegar a muchos puntos de la república mexicana, uno de los restauranteros que no quiso aceptar el producto fue un español dueño de el Café de la Parroquia, en Veracruz y sus razones tendría para negarse.

Aparentemente todo le iba bien en los negocios, sin embargo, hacia los años cincuenta, por motivos de salud a don Luis le recomendaron dejar la Ciudad de México y mudarse a un ambiente más rural, por así decirlo; vendería su parte de la empresa y cambió su residencia hacia Guanajuato. Ya en el Bajío compró unas tierras para cultivo, si mal no recuerdo, cerca de Irapuato, pero con el agravante de que esas tierras eran estériles y no servían para sembrar, él no lo sabía al momento en que las compró. Me comentó que nunca se lo había confesado a su mujer pero acabó regalando las tierras a los pobladores de las cercanías, no las vendió porque no quería engañar a nadie, esas tierras no valían nada.

Coincidiendo con la nacionalización de la industria eléctrica en México, –aquella especie de contrato de compra-venta que hizo el gobierno de Adolfo López Mateos–  se consolidó la Comisión Federal de Electricidad (CFE), y el señor Ferrer que había sido trabajador del sector eléctrico en Cataluña antes de la guerra, mediante una recomendación que le había hecho el General Lázaro Cárdenas, pudo incorporarse a la empresa mexicana de electricidad. Con ese trabajo se jubiló y también adquirió la casa donde vivía, la cual había formado parte de una antigua hacienda de beneficio de San Bernabé, donde antaño amalgamaban la plata. Casi enfrente de las oficinas de la CFE del barrio de Pastita, en Guanajuato.

Yo intenté captar todo lo que me contaba y grabármelo en la cabeza mientras bebía una Coca-Cola que me había llevado amablemente su mujer.  Mi reloj marcaba ya las 17:00 cuando consideré que era tiempo de irme y dejar la oportunidad para una segunda charla. Al señor Ferrer le dio mucho gusto hablar en catalán con alguien, además de su mujer, y también que una persona joven se interesara por su apasionante vida. Los tiempos habían cambiado, su descendencia toda era mexicana y las circunstancias muy diferentes a las de sus nietos. Me explicaba que mientras uno de sus nietos más jóvenes a sus veintipocos años le decía que sus deseos eran comprar un coche último modelo, él le replicaba que a su edad ya mandaba a un ejército. Antes de marchar me mostró las publicaciones que recibía en catalán, como la publicación del Partit Socialista Unificat de Catalunya, (PSUC) Treball que lo leía en su juventud y algunas ediciones del Orfeò Català de la Ciudad de México. Salí de su casa con gran satisfacción de haber conocido a aquel hombre. Al cabo de un mes me enteré del fallecimiento de su mujer, lo llamé para darle el pésame y decidí esperar un poco más para pedirle otra cita.

Un día tomando un café en el centro de mi ciudad abrí el envoltorio del azúcar, me fijé que ponía con letras pequeñas: Elaborado por Estuchados de Azúcar Gloria, guardé el «papelito» con la intención de mostrárselo cuando lo viera nuevamente, pero no pude volver a hablar con él. Habían pasado unos cuantos meses del fallecimiento de su mujer cuando él también se fue. Me quedé con un sentimiento de pena y como siempre ese frustrante vacío que dejan los fallecimientos, pensando en todo aquello que no pudimos llegar a decir. Estoy seguro que le hubiese dado mucha alegría ver el nombre de la empresa que él fundó.

Y todo sea dicho, Estuchados de Azúcar Gloria actualmente está posicionada en el mercado nacional gracias al trabajo de Don Román Fernández López, un asturiano que se estableció en México a fines de los años veinte del siglo XX. A partir de los años sesenta fue el propietario y a él se le debe que en nuestros días siga siendo una gran y próspera empresa.[1]

Es necesario velar porque estas experiencias, tanto la del señor Luis Ferrer Falgueras, como la de Don Román Fernández López, y las de tantísimos otros que llegaron a México en circunstancias diferentes pero igual de valiosas en experiencias y legados a la tierra de acogida, sean recuperadas para el bien de la memoria histórica de México, de Cataluña y de España.

Walter Arias

Barcelona, mayo de 2011.

 


[1]Agradezco especialmente a Estuchados de Azúcar Gloria, quienes amablemente me facilitaron información sobre la historia de la empresa. Con sus actuales propietarios continúa ofreciendo calidad, variedad y originalidad a los cafés y restaurantes de todo México.

 

 

 

 

24. Nunca supe apreciar los dones de que estabas dotada…

Pachuca. Mayo 6 de 1917.

Todos los días y a la misma hora pasaba una morenita muy agraciada por el jardín de la torre en donde solíamos perder el tiempo esperando a que salieran a las muchachas de la Escuela de Comercio.

Victoria, así se llamaba. Era una morena menudita de rostro muy agraciado, su pelo corto, le acortaba más la edad y la hacía verse más bonita.

«¿Quién es esa chamaca?» pregunté. «Es la hermana de Héctor, nuestro compañero de estudios» respondieron mis amigos. «No me acuerdo de él, pero la hermana me gusta y me lo voy a declarar». «¡A que no lo haces mañana cuando pase!», me retaron. «Mañana lo veremos» dije.

Se habían reunido más compañeros de los que ya estudiaban Filosofía y nos nombraban jueces de su discusión sobre “qué es la mujer sobre la tierra”. Se juntaba el hambre con las ganas de comer, porque no sabíamos nada de Filosofía, pero si podíamos opinar y darnos pisto de enterados; pues gracias a que teníamos, yo principalmente, la costumbre de leer, pudimos salir airosos y dejar pasmados a mis compañeros.

La mujer, les decía yo, ha tenido sobre la tierra “pros” y “contras”, yo soy partidario de la mujer, porque en primer lugar sin ella no existiría nadie. El pobre de Adán se las hubiera pasado negras en el paraíso, por eso Dios no queriendo que Adán se aburriera, de una costilla le hizo a Eva, que si bien es cierto que lo hizo caer en el pecado fue tan dulce este, que creo que Adán no se comió una manzana sino docenas de ellas…

Ahora, “los contras” son misóginos por dos cosas: porque son muy feos y nadie los quiere o porque no son hombres. Entre los primeros tienen ustedes a Schopenhauer que tenía cara de macaco, a Diógenes que era viejo, feo, asqueroso y presumido, sin embargo y a lo que decía una vez que vio colgada de un árbol a una mujer “ojalá que todos los árboles dieran los mismos frutos”, se sabía a trasmano que tenía relaciones con la prostituta más bella de Corinto. Entre los segundos tenemos, para qué hablar, pero Platón, Homero, Aquiles, Virgilio, etcétera, no se casaron ha de haber sido por algo.

O como decía Severo Catalina del Amo: “la mujer es todo: afirmación Suprema. La mujer es nada, negación suprema. La mujer es la mujer; síntesis de la síntesis”. Poniéndose en un término medio deberíamos aceptar la tercera, que es la que se apega más a la razón humana, pues con eso damos a entender todo y el todo no es la nada.

Napoleón hablando de la mujer decía: “una mujer hermosa agrada a los ojos, una mujer buena agrada al corazón. La primera es un dije, la segunda es un tesoro”.

Aún más, Severo Catalina añadía la opinión de Napoleón: “lo que a la belleza del rostro adune la belleza del alma y a los encantos de la naturaleza, los de la virtud, bien puede pasar en la tierra como como un trasunto del cielo”.

Si a Homero, Virgilio, Platón, Schopenhauer, no gustaron de las mujeres por dedicarse a la ciencia fueron unos tontos y me pongo del lado de Manuel Acuña Flores cuando en un verso decía:

Fragmento de Rasgo de buen humor:

¿Y qué? ¿Será posible que nosotros

tanto amemos la gloria y sus fulgores,

la ciencia y sus placeres,

que olvidemos por eso los amores,

y más que los amores, las mujeres?

Yo, al menos por mí, protesto y juro

que si al irme trepando en la escalera

que a la gloria encamina,

la gloria me dijera:

—Sube, que aquí te espera

la que tanto te halaga y te fascina;

Y a la vez una chica me gritara:

—Baje usted, que lo aguardo aquí en la esquina,

Lo juro, lo protesto y lo repito:

Si sucediera semejante historia,

a riesgo de pasar por un bendito,

primero iba a la esquina que a la gloria.

Acabando de recitarles estos versos al auditorio y dejarlos lelos con tanta explicación pasó mi encantito, y sin más los corté, me fui tras ella hasta alcanzarla en la esquina del Banco Hidalgo.

«Buenas tardes, señorita». «Buenas tardes, señor», respondió. «Quizá usted no se figure cuál es el objeto de mi atrevimiento, pero sépase usted que la simpatía que ha despertado en mí desde que la conocí ha llegado al máximo y se ha transformado en un amor sincero, el cual he venido a declararle, esperando verme favorecido cuando menos por sus esperanzas».

La chica estaba atontada, no sabía qué contestarme y yo creo que en su lucha interior no se atrevía a decirme que no, porque también le simpatizaba, hasta que por fin me dijo: «No creo que así tan de pronto sienta un amor como el que usted dice por mí». «Señorita, el amor repentino es el bueno, porque el amor que se estudia y se medita ese no es amor, es cerebralidad». «Pero es que yo no he tenido un novio». «Mejor para mí, porque la encuentro como una Virgen pura sin las malicias de todas esas mujeres coquetas que nunca me han gustado». «Yo quisiera que nos tratásemos unos días para ver si nos comprendemos». «Pero si ya nos comprendemos, ¿que no se ha fijado en que ya tenemos una hora de estar platicando? ya somos casi novios no falta más que usted diga sí». «¿Y si le dijera que no?». «Me moriría de pena». «Pues no se muera, viva porque sí le correspondo». «Gracias, gracias, no esperaba tanto de usted. Soy el más feliz de los mortales… ¿nos vemos cuándo?». «Todos los días a la entrada y salida de la escuela, estoy en el plantel del profesor Gallo Suárez…». «Gracias y hasta la vista…».

El gusto me embargaba, tenía ganas de correr y creo que lo hice porque llegué muy agitado hasta donde habíamos tenido la discusión respecto a la mujer y casi les grité «Ya es mi novia». Esa manera de gritar me recordó al geómetra Arquímedes cuando salió desnudo gritando eureka. Hasta mis amigos se rieron y de paso no me creyeron nada de lo que les decía.

Mis amigos aún hablaban de la mujer y yo en mi optimismo le repliqué diciéndoles: «nada de filosofías, nada de nimiedades, los filósofos y los sabios son unos adocenados que no saben apreciar ese bello don que la vida nos ha creado… “el amor” … ¡oh! ese Eros es el más bello de los dioses del Olimpo y su madre la mujer más adorable…».

Con mi alegría se terminó la discusión y se aceptó que los sabios eran unos imbéciles porque no hacían más que martirizarnos con sus estúpidos conocimientos.

Al día siguiente nos vimos en la mañana, a mediodía y en la tarde, y así muchos días. Hasta que un día nos encontró Héctor, su hermano, pero no se atrevió a decirnos nada, después cambiamos la hora de la cita a las 7:00 de la noche en su casa, en las calles de Reforma. Ya para este tiempo mi amigo del alma era novio de la hermana como el destino y la amistad nos hacía andar siempre juntos.

Por ese tiempo otros amores me hicieron inventar un pretexto y enojarme, o al menos aparentar el disgusto. La causa fue que un compañero, sin saber que era mi novia, se le había declarado y yo lo había visto, y ella se había dado cuenta. Un día que la encontré después del enojo no le hablé y ella me escribió la siguiente carta:

Mi bien amado Severino mío:

No creas que al dirigirte esta lo haga en espera de una satisfacción; lo único que ruego, que exijo de ti, es una reparación a causa del daño que me has hecho: en primer lugar voy a hacerte ciertas preguntas a las que te ruego contestes sin embates y con la mayor sinceridad y franqueza posibles; pero hazlo de modo que sin mentir y basándote sobre todo, en la certidumbre de los hechos, no me ofendas más con una suposición tuya; de manera es, que, piensa y reflexiona bien cada una de las interrogativas que te dirijo y las cuales hago porque es necesario a mi amor propio, casi ofendido, humillado casi; y después te vuelvo a suplicar, me respondas con toda verdad ciudad posible.

Pero ahora vamos a los hechos: en primer lugar sin que yo hubiera cometido ninguna falta, sin que hubiera desmerecido en lo más mínimo tu cariño y solamente fundándote en sospechas y mentiras, falsas como calumnias y maledicencias, inventadas tal vez por algún infame, que no teniendo valor suficiente para insultarme cara a cara, ¡lo hace ruin y cobarde!, ¡lo hace a mis espaldas! sin que yo lo sepa y se dirige a ti, porque tal vez ¡infame! comprende que yo sabría defenderme si se hubiera atrevido a mí. Si Severino mío, se dirige a ti porque comprende que yo a ti no te puedo hacer ni decir nada, porque ante ti se estrella mi orgullo y me quedo anonadada, ¡y perdóname!… ¡hasta llego a humillarme! pero me defiendo… y tú Severino mío inocente y crédulo has creído cuanta mentira te contaron, has creído y te perdono aunque me hayas desgarrado el alma con tu credulidad, has creído, repito, que yo te había engañado; que te dejaba de amar; que yo amaba a otro… que… en fin, que mi corazón ya no te pertenecía,  cómo es posible que dices, y creo que me estimas, hayas dado crédito a semejante mentira fraguada, tal vez, por algún envidioso de mi dicha ¿cómo es que tú cuyo corazón me pertenece haya siquiera imaginado tal abominación?, ¿en qué te fundabas?, ¿tenías acaso alguna prueba positiva de tal engaño? ¿o acaso me habías dejado de amar y pensabas que yo al saberlo al recibir tu desprecio te correspondería con un desprecio vil a trueque del amor puro que hasta entonces te había brindado…? ¡Cuán equivocado estabas! ¡mil y mil veces estabas en un error! Ante todo, eran calumnias y mentiras cuánto te habían dicho y estoy dispuesta a darte una satisfacción como delante de la persona… ¡qué digo! de la víbora que se atrevió a mentir sin comprender… ¡infame!… que tú al creerlo, disminuirías a un tanto tu afecto hacia mí, y que esa porción de cariño que villana e indirectamente me robaba, hacía falta en mi corazón.

En segundo lugar, sí ya no me amabas y todo lo que te dijeron contribuyó a tu enojo, fue un absurdo esto último porque no tenías ningún fundamento serio en que basar tus sospechas y suposiciones. Por último, cierta ocasión que nunca olvidaré me encontraste, me viste perfectamente y yo a ti también, ¿por qué pues no me saludaste? ¿que acaso era yo indigna de recibir tu saludo ya que no tu amor? ¿por qué obraste de esa manera? ¿qué crees que en esa vez no me humillaste? si otra persona hubiera sido, casi estoy segura de que no que volvería a hablar… pero yo… ¡insensata! el amor me ha secado y no sé si tú aún te dignes amar todavía a la que has ofendido casi. ¿Ya que no mereció el saludo merece aún el amor? yo creo que si aún lo merezco, porque mi conciencia no me acusa de haber cometido más falta que la de haberte querido con el alma, con toda la pasión con que pudo amar mi virgen corazón; porque nosotras las mujeres, nuestro corazón se forma repentinamente de un momento a otro, nos vamos trocadas de niñas a mujeres y ahí tienes, Severino mío, porque el tierno corazón de una niña invulnerable e indiferente a todo lo que no concierne a su alegría infantiles, se ve momentáneamente, cambiado completamente y entonces es cuando empieza a ser mujer y ¡ay de ellas si obedece a las fogosas pasiones de su virgen corazón! Sucumbe, baja por la pendiente resbaladiza donde la coloca en las pasiones y no encuentra obstáculo ni hay razón que pueda detenerla en el fatal camino a donde la dirige su corazón.

He aquí, porque la única falta de que me acusó, si es que falta puede llamarse a la obediencia estricta al corazón apenas empezado a formar.

Los hombres empiezan a amar por único pasatiempo, por vanidad; es muy difícil en un hombre saber cuál fue su primer amor, porque empieza por frivolidad y acaba por pasión; pero en el intervalo del pasatiempo son muchas las bellas favorecidas, mientras que en las mujeres nos basta, con saber quién es el ídolo, el caro bien amado y aunque antes haya habido otros, o después haya más, téngase la certidumbre de que, aunque el mundo entero se opusiera, a nadie había de amar sino a él; sí Severino mío, yo estoy en este caso; a ti y únicamente a ti te amo y he amado… me has humillado y te perdono… has sospechado de mí y también te perdono porque tú no eras el culpable, obedecías a tu dignidad que creías ofendida y a un infame que te engañaba, pero esto creo que no fue motivo para que dejaras de saludarme.

Ahora te voy a pedir un favor muy grande que espero que me concederás: dime quién fue el que tan vil y villanamente te engañó y me ofendió, espero no me negarás este último favor que yo te pido.

Tú encendiste la llama de mi corazón y por eso te amé, ahora aunque todos se opongan, no es nada fácil apagarla y te amo y te amaré hasta que cese el último de los latidos de mi pecho…

Con bastante sentimiento.

Tuya.

Victoria

«¿Qué te parece Ruperto?, ¿no crees que estoy obrando como un canalla?». «Yo te lo decía, que ese pretexto salía a veces contraproducente y es lo que te ha pasado por no seguir mis consejos». «Y ahora me arrepiento de verdad, porque Victoria es tan buena que si yo le hubiera hecho más cosas, tenlo por seguro que más me querría; ¿ahora qué debo hacer para hablarle? ¿con qué cara me le voy presentando?». «No seas tonto. Dile que su carta te convenció y que nada ha pasado, así que tú quedas en tu lugar y ella contenta. Ten la seguridad que te espera con los brazos abiertos».

Esa noche soñé con el poeta:

Tu llanto

Te quise más, al ver, dulce bien mío,

que a tu carita se asomó el quebranto

y a tus ojos las cuentas de rocío

del diáfano veneno de tu llanto.

Te quise más, con un amor inmenso,

pues llorando ante mí, fuiste sincera,

de sólo recordarlo me avergüenzo…

¡Yo no valgo una lágrima siquiera!

no valgo tu dolor… tan solo anhelo

haber sido la seda del pañuelo

con que enjugaste el llanto de tu cara…

Como me lo dijo mi amigo salió. Pues tan luego como se dio cuenta de que la esperaba en las afueras de su casa salió rebosante de alegría y con besos acompañados de lágrimas me decía: «verdad que soy inocente de cuánto te contaron». «De eso ya ni que acordarse, basta con tenerte entre mis brazos para olvidarme de que existo en el mundo». «¿Qué tanto me quieres?». «Eso y más…». Y felices nos besábamos hasta la tortura.

Pasó más tiempo y nuestras relaciones seguían un ritmo acompasado, es decir, con sus ondulaciones, porque mi espíritu aventurero no se amoldaba a esta inercia amorosa, principié a faltar bajo cualquier pretexto que ella creía o no. Yo la quería lo mismo que el primer día pues su bondad hacía que mi afecto no se aminorará en lo más mínimo.

Durante el largo tiempo que duraron nuestras relaciones fueron, como ella me decía, muchas las bellas favorecidas con mi falso amor; pero ella siempre fue la preferida.

La quiero o no la quiero… era el dilema en que me encontraba metido y no le daba una solución satisfactoria: «Indudablemente que la quiero porque si no lo fue para así no sentiría satisfacción y ese bienestar al estar a su lado». Pero mis deslices, a veces, mi desapego, los otros amores que tenía, ¿no denotaban una falta de amor? claro que sí entonces ¿la quería o no la quería? y a decir verdad hasta la fecha no lo sé. ¿O no era amor que yo sentía por ella y ese afecto que yo le dispensaba era nada más una complacencia amorosa? Yo no era capaz de faltarle en lo más mínimo cuando ella estaba presente, en cambio cuando estaba solo con los amigos me llegaba a olvidar de ella no sólo por horas sino hasta por semanas. Durante ese tiempo no sentía inquietud, ni ansia, por su ausencia y sólo en su presencia la acariciaba con gusto y hasta con satisfacción.

Fuera lo que fuese, nuestras relaciones se fueron enfriando, al menos por mí parte y por ella yo creo que la resignación le dio la tranquilidad, aunque su amor por mí no creo que haya decaído, pues bastaba mi presencia para que ella enloqueciera de alegría; pero un buen día se me antojó ya no volver y no volví hasta pasados ocho meses en que mi amigo y yo, no teniendo que hacer pasamos por la casa de nuestras novias y se nos antojó entrar a visitarlas. Las encontramos y nos recibieron, sobre todo a mí, como si no hubiese pasado tanto tiempo sin vernos. Nos despedimos pronto y salimos no sin notar alguna inquietud de parte de las dos hermanas.

«A mí se me figura que hay gato encerrado y que ya nuestra ausencia les hizo buscar nuevos amores», le decía yo a mi amigo. «¿Y qué nos importa? ¿acaso no tenemos nosotros también nuevos amores?». «Tienes razón, pues sería injusto no concederles también el mismo derecho, lo que no me explico es que si ya los tienen porque ese recibimiento». «De eso no te extrañe, algo debe de sobrar de nuestros antiguos amores y que si ya los tienen tenemos el derecho de primacía. ¿Quieres que vayamos a convencerlos mañana por vía de esport?».

Al día siguiente nos convencimos de que en realidad ya tenían nuevos novios, porque cuando llegamos a la puerta ellas corrieron hacia adentro de su casa y ellos se siguieron, nosotros que ya teníamos confianza entramos y nos sentamos como si no hubiésemos visto nada… esa noche entre caricias y caricias, ella se hubiera entregado a mí, pues estaba dispuesta a todo; pero yo, pensando en su porvenir truncado por un rato de obnubilación me detuve y no volvimos a vernos más…

Tiempo después supe que se había casado, no supe con quién… mucho tiempo después, ya siendo médico, se me presentó llevando a una criatura en los brazos para que le hiciera el favor de tratarla de unos granos. Yo la traté con la amabilidad con que se trata a los viejos amigos, más aún cuando se trataba de una mujer. Ella me ocultó su desgracia, pero en la cara se lo reconocí, pues aparte de los años, las huellas del sufrimiento le saltaban a la cara. Se empeñó en pagarme la consulta que yo no quería aceptar, se despidió de mí y no volvió a mi consulta y en la calle hacía lo posible por no verme la cara… seguramente, habrá o sabrá que, aparte de que noté su desgracia ahora la sabía perfectamente, la prueba es que ella trabaja y sufre en silencio cómo debe sufrir toda buena madre…

Te recomiendo a Niccolò Ammaniti

La primera vez que escuché hablar de él fue por la novia de un amigo. Ella, italiana y docta en el mundo de la cultura de su país, me comentó que Niccolò Ammaniti era un escritor al que debía de leer. Recuerdo que hablábamos de novelas con sentido del humor y cuando fui a buscarlo a las librerías aún no estaba traducido al español. Por supuesto que no me iba a atrever a leerlo en mi precario y penoso italiano que llega apenas a nociones de… Fue hasta, quizás, diez años después que encontré casi toda su obra traducida y comencé a leerlo. El primero de sus libros que devoré entre risas y nervios fue Que comience la fiesta. Luego, seguí con Anna, el cual me produjo una sensación apocalíptica que se adecua a esta pandemia que vivimos. No tengo miedo, me pareció una historia estremecedora en muchos sentidos de la palabra. Finalmente, Como Dios manda, me transportó a las vivencias conmovedoras, y a la vez degradantes, del lumpen noritaliano.

      Ahora mismo, empatizo con Lorenzo, el personaje de Tú y yo, la novela que no tardaré más de un día en terminarla.

     Aún quedan más novelas de Niccolò Ammaniti por leer, así como espero que él tenga muchas más por escribir. 

     Si eres un lector exigente, como si no lo eres tanto, te invito a leerlo, te aseguro que no te decepcionará.

 

#unaNavidaddiferente

 Toque de queda

 Walter Arias

En ese año, las navidades no solo eran frías, sino que el ambiente concentraba la sensación de derrota de muchos que echaban de menos a sus seres queridos que no estarían para celebrar las fiestas. Las calles se encontraban vacías porque el gobierno, dos semanas antes, decretaba el toque de queda con tal de hacer frente a la ola de contagios de un nuevo virus respiratorio. Joaquín Villegas buscaba una callejuela, no tan fría, donde hubiese chimeneas para sentarse a comer un pan con mantequilla y jamón que le había dado una vieja caritativa a la salida de la iglesia. Desde hacía once meses que dormía en la calle y aquella noche en los refugios para indigentes no cabía ni un alma más.

Había apostado todo a ser escritor y fracasó; el banco se había quedado con su casa y él sin siquiera un amigo o un familiar que lo consolase. Estaba solo, aunque se decía a él mismo que el próximo año alguien iba a descubrir su talento y estaría rodeado de lujos, abundancia, admiradores, gente que lo reconocería a simple vista para pedirle su autógrafo. Pero, por ahora, debía tragar sapos y esperar a que pasara esa mala racha. Lo peor del virus era que la gran mayoría de la gente se había vuelto desconfiada y egoísta; y si él les contaba su historia, y su caída en desgracia, lo tildaban de loco al verlo con la ropa sucia y rota. Siempre se quedaba con las ganas de hablar cuando todo el mundo le rehuía.

Los adornos navideños iluminaban su paso y creía que esa noche él no existía para nadie, pues nadie lo veía. La ciudad callaba, sus habitantes estarían resguardados en casa por órdenes de las autoridades, hasta que escuchó unos gritos:

          ─¡Alto ahí! ─se giró y vio a un par de policías que venían hacia él. Apuró el paso sin perder la calma. Uno de ellos le asestó un golpe con su porra en un hombro. Joaquín Villegas gritó de dolor y del susto. Conocía el comportamiento de aquella policía asesina que tenía órdenes de limpiar la ciudad y más si se trataba de un estado de excepción. Corrió con todas sus fuerzas apretando en sus manos la bolsa con su comida. Sus perseguidores le pisaban los talones hasta que pudo esconderse tras una verja cubierta de maleza proveniente de los jardines de las casas ricas de la zona. La respiración se le escapaba y comenzó a toser. Los jadeos y la falta de aire lo hicieron desplomarse en la acera. Los uniformados vieron cómo se retorcía y parecía que se asfixiaba.

          ─Vámonos de aquí, compañero. ¡Dejemos a este muerto de hambre palmar solo! Seguro que tiene el virus. ─Ambos agentes se taparon la cara con la mano y lanzaron una mirada de asco. Al tiempo que se alejaban, Joaquín Villegas retomó energía y comenzó a correr de nuevo. Los policías se dieron cuenta y volvieron con las porras desenfundadas a cazarlo. Cuando sintió de nuevo que las piernas ya no le respondían y respiraba con más dificultad se dio por vencido. Iba a levantar las manos en señal de rendición, cuando escuchó que alguien lo llamaba con una especie de silbido. Un gran adorno iluminado en forma de Santa Claus, que se había desprendido de los cables, lo cubría de la vista de los perseguidores. Miró a su alrededor y entre una tubería larga y ancha de un edificio en construcción distinguió un par de ojos que brillaban con el reflejo de aquel Santa Claus caído. Sin pensarlo entró en aquel pasadizo y una mujer en harapos y con la cara llena de hollín le susurró:

          ─Aquí estarás a salvo. Este es un buen lugar para esconderse. ─Joaquín, poco a poco retomaba el aire y veía con más claridad a aquella mujer, de quien pensó que en algún momento de su vida pudo haber gozado de una vida digna.

          ─¿A ti también te ha perseguido la policía? ─la cuestionó. Ella asintió y dejó ver su pelo sucio y las manos negras de tierra con la penumbra. Se adentraron hasta donde la luz del Santa Claus ya no se colaba─. ¿Desde cuándo vives en la calle?

          ─Ya no recuerdo ─dijo ella.

          ─¿Sabes que hay un virus contagioso y que hay toque de queda en todos lados? ─continuó él.

          ─No sé nada. Hace mucho tiempo que no sé nada.

          ─¿Pero sabes que esta noche es Noche Buena? ─Ella lo miró con indiferencia─. No tienes por qué estar triste. Yo también estoy solo en esta ciudad.

          Joaquín sacó el pan con mantequilla y jamón y lo partió en dos. La chica tomó un pedazo y comenzó a devorarlo. Él la miraba mientras también comía su parte. Al menos les quitaría un poco el hambre de esa noche.

          ─ Por cierto, ¿cómo te llamas? Yo soy Joaquín Villegas, soy escritor, solo que nadie me cree. Lo perdí todo, porque así es este mundo: fariseo, injusto, prosaico e incomprensivo. Aunque estoy seguro de que el próximo año todo cambiará y alguien reconocerá mi talento. Ya verás, todo será mejor, te sacaré de esta miseria en la que estamos ahora mismo y serás mi secretaria. ─Ella lo miraba con humedad en los ojos─. Porque sabes leer y escribir ¿no? ¡No me mires así, no soy un demente! ─dijo gesticulando con las manos─ ¡Feliz Navidad querida amiga! o más bien, ¡feliz Nochebuena! ─Los dos sonrieron mientras masticaban el último bocado de su cena navideña.