Archivo de la etiqueta: Severino. Memorias de un caballerito de antaño

Las historias de Severino. Un caballerito de antaño, se escriben bajo los derechos reservados de Walter Arias.

47. ¡Buenas noches, amor de mis amores! ¡Hasta luego, tal vez… o hasta mañana… A.N.

México. Noviembre 8 de 1922.

Ocupaba una de las viviendas de la casa en que yo habitaba, era amante de uno de los más ricachones de la ciudad de México como lo era Carlos Chambón. Tenía veinte años, originaria de Guadalajara; toda una belleza, como lo son la mayor parte de las mujeres de por allá, y se llamaba Violeta del Guante.

Su estatura más o menos era como la de la Venus de Milo; su piel de blanquísima nieve; sus ojos negros y grandes despedían fuego, su boquita pequeña en arco de cupido; su cabello de negrísimo azabache caía sobre sus preciosos hombros en olímpica cascada; su cuerpo, lo he dicho, era de una Venus digna del escultor Fidias.

Era una exhibicionista de primera, pues le gustaba enseñar sus hermosas desnudeces, causando la tentación de los hombres y el escándalo del vecindario. Afortunadamente para ella, con nadie había hecho amistad. Allá de tarde en tarde, un coche se paraba en la puerta de la que bajaba don Carlos y a más tardar una hora después salía, y por eso no llamaba la atención.

Había entre los muchachos dos hermanos que eran cuates o mellizos, que se las daban de conquistadores y en realidad lo eran, pues me consta la cantidad de conquistas que se cargaban; uno de ellos llamado Napoleón le hizo el amor a Violeta y consiguió hacerla su novia, con la consiguiente envidia de los demás compañeros y hasta mía, pues la conquista valía eso y más.

Un domingo que era día de mi santo y cumpleaños, estaba yo parado en el zaguán de la casa cuando acertó a pasar ella que llegaba de la calle y al entrar me dio un bolsazo; lo primero que me figuré fue que me había confundido con uno de los mellizos; no hice caso y seguí estacionado. Volvió a salir y otra vez la misma operación que me obligó a ponerme frente a la luz para que enmendara su equívoco, no porque no me gustara la chanchita y más viniendo de ella; cuando ella torno a entrar de nuevo ya la luz me daba de lleno, entonces me dijo:

—¿Se enojó?

—No Violetita, de ninguna manera, lo que temía era que me confundiese con el cuate.

—No hombre, ahorita vengo —Se metió para volver a salir—. Tengo que ir hasta la calle de Mesones y ya es muy noche…

—Pues si mi compañía no le molesta, ni le trae ningún percance estoy a su disposición.

—Pues ya que usted quiere, vamos —respondió.

—Nada más que tendremos que caminar, porque de antemano le aviso que no cuento con un centavo.

—Eso es lo que yo deseaba, hacer ejercicio, casi nunca camino y esto me vendrá de perilla.

—Entonces vámonos— La tomé de su brazo y caminamos. La imaginación me llevaba muy lejos al sentir la suavidad de su piel bajo mi mano. Habíamos caminado de la casa a la avenida 5 de Mayo cuando ella se sentía fatigada.

—Si usted quiere nos devolvemos —le dije.

—No, mejor entramos a descansar a un cuarto que dispongo en el Hotel Cántabro. —Vamos… todo era un truco para satisfacer un capricho de mujer, de lo cual yo estaba encantado.

Entramos a su cuarto que estaba amueblado y acondicionado para garçonier.

—¿Qué te parece? —dijo.

—Encantador… —Yo nunca me había amilanado y esta vez menos que las otras; la tomé por su diminuta cintura y con mis potentes brazos la levanté a lo alto y la dejé resbalar para que, al tenerla a la altura de mi cara, le dio un beso que quizás duraría diez minutos.

—¡Quiero verte desnudo y admirar tu musculatura de atleta! —Que en realidad lo era. Me desnudé hasta la cintura y ella loca de alegría besaba mis robustos brazos y me rogaba que la levantara como a una niña. Hice gala de mi fuerza estrujándola como hilacho, pero con dulzura; y entre caricias y besos, la hacía reír a carcajadas de voluptuosidad… se cumplía la ley biológica del más fuerte. —¡Eres un verdadero hombre, ahora métete en la cama y te voy a demostrar que yo también tengo lo mío! —continuó.

Me acosté y esperé. Se trepó en la cama y empezó a desnudarse poco a poco, causándome impaciencia hasta que cayó la última prenda y entonces apareció el cuerpo de mujer más bello y perfecto que yo había contemplado; no osaba hablar, no hacía más que verla, hasta que ella rompió el silencio:

—¿Qué te parezco? ¿puedo hacer pareja contigo?

No hable más. La tomé en mis brazos y nos fundimos en un torbellino de voluptuosidad lujuriosa, al grado de que cuando nos dimos cuenta ya eran las cinco de la mañana. Estábamos rendidos, pero no para hacer a un lado mis estudios de medicina, me paré a pesar de su insistencia y me fui al hospital.

Estas citas se repitieron muchas veces, pero ella se volvía más y más exigente en lo relativo al tiempo y a lo que le respondí terminantemente:

—La noche es tuya y vaya que con eso pierdo algo en mis estudios, pero el día pertenece a mi carrera, así es que te avienes o terminamos de una vez por todas. —Ella lloró por mi brusquedad, pues creía que buscaba una ocasión para terminar con ella hasta que la convencí de su error y quedamos tan contentos como siempre.

Ya su hermana se había dado cuenta de nuestras entrevistas y le había pedido más cautela, que dominara sus impulsos, pero ella no le hizo caso. Me quería a tal grado que era capaz de cometer una burrada y de paso comprometerme, y así lo hizo una vez que me encontró platicando con la hija de una española que tenía una casa de asistencia arriba de la mía, y que después fue también mi novia. Ese escándalo me obligó a cambiarme dos números más adelante, a una casa más independiente.

Se había endiosado conmigo y eso me molestaba un poco porque no me dejaba ni a sol ni a sombra, a pesar de las seguridades que yo le dispensaba y aunque se daba cuenta de que yo decía verdad, dio en espiarme y en seguirme por todas partes hasta aburrirme con sus celos.

Sufría lo indecible con mis reconvenciones, pero era sumamente feliz cuando se encontraba a solas conmigo y yo no la defraudaba en sus deseos.

La dicha como el sufrimiento nunca son eternos, pues tal parece que don Carlos se dio cuenta de los desvíos de su amada y sin decirla agua va, se la llevó a Europa.

Recibí varias cartas de ella, las que nunca contesté y nunca más la volví a ver… Sólo una vez ya siendo médico me pareció reconocerla en el Teatro Ideal, y a pesar de que iba solo no me atreví ni siquiera a seguirla mirando. Era una mujer pasional, sexual, erótica y muchas cosas más; pero me hizo feliz con su cuerpo… ¡Era tan hermosa!

30. Raquel la mujer sexual…

Pachuca. Abril 17 de 1918

Raquel estudiaba en la Escuela de Comercio, era muy popular no por comadrería sino por su andar casi prusiano, era muy bonita, su piel morena armonizaba con sus oscuros ojos… su cuerpo estatuario hacía resaltar sus ebúrneos senos, senos desafiantes; se adivinaba lo turgente de ellos; sus calipígias caderas atesoraban un nido de placeres, su olor, aquel aroma tan peculiar a ella, a hembra ¡pero qué hembra!

Todo el que bailaba con ella se quejaba de intranquilidad, se ponían nerviosos al grado de no poder dar un paso más. Cuando me tocó en suerte el bailar con ella confirmé lo que tanto me decían.

La atracción que Raquel tenía por el sexo contrario era formidable. A todos nos gustaba, todos la pretendíamos, pero a ninguno nos hacía caso, pasaba serena entre la turba de estudiantes sin que en su rostro se denotase la menor turbación.

En un Liceo efectuado en la Escuela de Comercio procuré quedar junto a ella para platicar más a mis anchas.

—Oiga Raquelito ¿Usted que nunca se ha enamorado?

—No, porque no he encontrado al hombre que llene mis aspiraciones.

—¿Pero entre sus compañeros o entre los míos no hay uno que, más o menos, le simpatice?

—¿Y por qué no se metió usted entre ellos?

—Porque mire Raquelito, yo formo una entidad aparte, yo la aprecio a usted de una manera especial, mi afecto por usted es muy grande casi…

—Casi que me adora ¿no es cierto?

—No se burle usted, porque, aunque sea fría como una estatua, llegará el día en que esa nieve de su corazón sea derretida por el fuego de un corazón que la ame.

—¿Y quién podrá enamorarse de mí? No creo tener un atractivo que pudiera llamar la atención de un hombre.

—No diga usted tal, porque presente está quien siempre la ha admirado, no sólo por su belleza, sino también por su inteligencia y su virtud. Porque usted no es como las demás mujeres que se envanecen cuando se sienten guapas. Usted es una, por no decir la única, de las mujeres que yo he conocido, la más adorable, la más encantadora. En fin, que todos los dones de que la naturaleza la ha favorecido han hecho de mí a uno de sus más fervientes adoradores. Mira Raquel, no me conteste aún, espere a que le acabe la explicar lo qué es el intenso fuego en el cual me consumo por usted, yo quisiera que de mi boca saliera con fluidez la palabra sonora de un Castelar para poder explicar con dulzura de qué es capaz mi corazón, lo mucho que yo la amo. —Se quedó callada por unos instantes y después habló:

—Mire Severino, no quiero que usted hable así. No queriendo, casi me he dejado convencer y no quiero obrar con el calor del momento, quiero meditar la respuesta que le he de dar.

—¿Y el sufrimiento de la incertidumbre?

—De eso no tenga cuidado, que, ganada estoy.

—¿Entonces qué hago? será para mí una felicidad si me permite acompañarla a la salida de sus clases por la noche.

—No me opongo, puede usted acompañarme, que agradable siempre ha sido su compañía.

—Gracias Raquelito. Soy el más feliz de los hombres. —Terminó el concierto y nos despedimos.

Al día siguiente nadie me lo creía, nada más que yo. Les conté que ya era mi novia y cuando me vieron acompañarla hasta su casa, en la cerrada de Hidalgo, se quedaron lelos al ver que yo había vencido el hermetismo de Raquel.

Días después ya la tomaba por el brazo y la hacía que nos desviáramos de su ruta hasta el parque Hidalgo; después me permitió besarla ¡qué dicha la mía! ¡besar a Raquel! Era una cosa imposible pero cierta para mí que la había sentido temblar entre mis brazos.

Ella aceptaba con beneplácito todas mis caricias y las correspondía con todo el fuego de su juventud, era una mujer adorable en todas sus partes, llenándome de satisfacción aquel triunfo que mis amigos habían creído imposible.

¿Por qué teniendo tantos pretendientes y algunos de ellos con porvenir me había preferido entre todos ellos? ¿Sería posible que en verdad me quisiera? yo no me atrevía a reclamarle el sí de antaño, pero para qué lo quería sí era mía de alma. ¿No me incendiaba con sus besos? ¿No temblaba ella entre mis brazos? ¿Para qué quería más? Y callaba…

A…

¡Qué hermosura! ¡qué delirio! ¡qué arrogancia!

¡Qué atractivo, qué belleza, qué concierto!

en tus líneas; en tus curvas qué elegancia

la que irradia al andar tu lindo cuerpo.

Esos ojos son luceros de esperanza,

esa boca, esos labios, qué portento;

y tu cuello alabastrino es semblanza,

de una estrella, de una venus o de un cuento.

Y ese encanto de belleza y de porfía q

que a los ojos de este mundo van brillando,

es más bello y más grande todavía

cuando dice: «¡ya soy tuya, toda mía!»

Soy dichoso porque me ama y me comprende;

todo en ella es sublime cual botón

que se abre para amarme y para verme

y quererme con todito el corazón…

Severino

 

Nuestra felicidad, o más bien la mía, no duró más que seis meses porque se vio comprometida a casarse y digo esto porque el elegido por sus familiares estaba bien viejo. Las cuestiones pecuniarias de la familia la obligaron al sacrificio. Se casó sin amor y aún más, supo honrar el nombre que por interés había tomado… me la figuro feliz porque nunca más nos volvimos a hablar.

 

 

24. Nunca supe apreciar los dones de que estabas dotada…

Pachuca. Mayo 6 de 1917.

Todos los días y a la misma hora pasaba una morenita muy agraciada por el jardín de la torre en donde solíamos perder el tiempo esperando a que salieran a las muchachas de la Escuela de Comercio.

Victoria, así se llamaba. Era una morena menudita de rostro muy agraciado, su pelo corto, le acortaba más la edad y la hacía verse más bonita.

«¿Quién es esa chamaca?» pregunté. «Es la hermana de Héctor, nuestro compañero de estudios» respondieron mis amigos. «No me acuerdo de él, pero la hermana me gusta y me lo voy a declarar». «¡A que no lo haces mañana cuando pase!», me retaron. «Mañana lo veremos» dije.

Se habían reunido más compañeros de los que ya estudiaban Filosofía y nos nombraban jueces de su discusión sobre “qué es la mujer sobre la tierra”. Se juntaba el hambre con las ganas de comer, porque no sabíamos nada de Filosofía, pero si podíamos opinar y darnos pisto de enterados; pues gracias a que teníamos, yo principalmente, la costumbre de leer, pudimos salir airosos y dejar pasmados a mis compañeros.

La mujer, les decía yo, ha tenido sobre la tierra “pros” y “contras”, yo soy partidario de la mujer, porque en primer lugar sin ella no existiría nadie. El pobre de Adán se las hubiera pasado negras en el paraíso, por eso Dios no queriendo que Adán se aburriera, de una costilla le hizo a Eva, que si bien es cierto que lo hizo caer en el pecado fue tan dulce este, que creo que Adán no se comió una manzana sino docenas de ellas…

Ahora, “los contras” son misóginos por dos cosas: porque son muy feos y nadie los quiere o porque no son hombres. Entre los primeros tienen ustedes a Schopenhauer que tenía cara de macaco, a Diógenes que era viejo, feo, asqueroso y presumido, sin embargo y a lo que decía una vez que vio colgada de un árbol a una mujer “ojalá que todos los árboles dieran los mismos frutos”, se sabía a trasmano que tenía relaciones con la prostituta más bella de Corinto. Entre los segundos tenemos, para qué hablar, pero Platón, Homero, Aquiles, Virgilio, etcétera, no se casaron ha de haber sido por algo.

O como decía Severo Catalina del Amo: “la mujer es todo: afirmación Suprema. La mujer es nada, negación suprema. La mujer es la mujer; síntesis de la síntesis”. Poniéndose en un término medio deberíamos aceptar la tercera, que es la que se apega más a la razón humana, pues con eso damos a entender todo y el todo no es la nada.

Napoleón hablando de la mujer decía: “una mujer hermosa agrada a los ojos, una mujer buena agrada al corazón. La primera es un dije, la segunda es un tesoro”.

Aún más, Severo Catalina añadía la opinión de Napoleón: “lo que a la belleza del rostro adune la belleza del alma y a los encantos de la naturaleza, los de la virtud, bien puede pasar en la tierra como como un trasunto del cielo”.

Si a Homero, Virgilio, Platón, Schopenhauer, no gustaron de las mujeres por dedicarse a la ciencia fueron unos tontos y me pongo del lado de Manuel Acuña Flores cuando en un verso decía:

Fragmento de Rasgo de buen humor:

¿Y qué? ¿Será posible que nosotros

tanto amemos la gloria y sus fulgores,

la ciencia y sus placeres,

que olvidemos por eso los amores,

y más que los amores, las mujeres?

Yo, al menos por mí, protesto y juro

que si al irme trepando en la escalera

que a la gloria encamina,

la gloria me dijera:

—Sube, que aquí te espera

la que tanto te halaga y te fascina;

Y a la vez una chica me gritara:

—Baje usted, que lo aguardo aquí en la esquina,

Lo juro, lo protesto y lo repito:

Si sucediera semejante historia,

a riesgo de pasar por un bendito,

primero iba a la esquina que a la gloria.

Acabando de recitarles estos versos al auditorio y dejarlos lelos con tanta explicación pasó mi encantito, y sin más los corté, me fui tras ella hasta alcanzarla en la esquina del Banco Hidalgo.

«Buenas tardes, señorita». «Buenas tardes, señor», respondió. «Quizá usted no se figure cuál es el objeto de mi atrevimiento, pero sépase usted que la simpatía que ha despertado en mí desde que la conocí ha llegado al máximo y se ha transformado en un amor sincero, el cual he venido a declararle, esperando verme favorecido cuando menos por sus esperanzas».

La chica estaba atontada, no sabía qué contestarme y yo creo que en su lucha interior no se atrevía a decirme que no, porque también le simpatizaba, hasta que por fin me dijo: «No creo que así tan de pronto sienta un amor como el que usted dice por mí». «Señorita, el amor repentino es el bueno, porque el amor que se estudia y se medita ese no es amor, es cerebralidad». «Pero es que yo no he tenido un novio». «Mejor para mí, porque la encuentro como una Virgen pura sin las malicias de todas esas mujeres coquetas que nunca me han gustado». «Yo quisiera que nos tratásemos unos días para ver si nos comprendemos». «Pero si ya nos comprendemos, ¿que no se ha fijado en que ya tenemos una hora de estar platicando? ya somos casi novios no falta más que usted diga sí». «¿Y si le dijera que no?». «Me moriría de pena». «Pues no se muera, viva porque sí le correspondo». «Gracias, gracias, no esperaba tanto de usted. Soy el más feliz de los mortales… ¿nos vemos cuándo?». «Todos los días a la entrada y salida de la escuela, estoy en el plantel del profesor Gallo Suárez…». «Gracias y hasta la vista…».

El gusto me embargaba, tenía ganas de correr y creo que lo hice porque llegué muy agitado hasta donde habíamos tenido la discusión respecto a la mujer y casi les grité «Ya es mi novia». Esa manera de gritar me recordó al geómetra Arquímedes cuando salió desnudo gritando eureka. Hasta mis amigos se rieron y de paso no me creyeron nada de lo que les decía.

Mis amigos aún hablaban de la mujer y yo en mi optimismo le repliqué diciéndoles: «nada de filosofías, nada de nimiedades, los filósofos y los sabios son unos adocenados que no saben apreciar ese bello don que la vida nos ha creado… “el amor” … ¡oh! ese Eros es el más bello de los dioses del Olimpo y su madre la mujer más adorable…».

Con mi alegría se terminó la discusión y se aceptó que los sabios eran unos imbéciles porque no hacían más que martirizarnos con sus estúpidos conocimientos.

Al día siguiente nos vimos en la mañana, a mediodía y en la tarde, y así muchos días. Hasta que un día nos encontró Héctor, su hermano, pero no se atrevió a decirnos nada, después cambiamos la hora de la cita a las 7:00 de la noche en su casa, en las calles de Reforma. Ya para este tiempo mi amigo del alma era novio de la hermana como el destino y la amistad nos hacía andar siempre juntos.

Por ese tiempo otros amores me hicieron inventar un pretexto y enojarme, o al menos aparentar el disgusto. La causa fue que un compañero, sin saber que era mi novia, se le había declarado y yo lo había visto, y ella se había dado cuenta. Un día que la encontré después del enojo no le hablé y ella me escribió la siguiente carta:

Mi bien amado Severino mío:

No creas que al dirigirte esta lo haga en espera de una satisfacción; lo único que ruego, que exijo de ti, es una reparación a causa del daño que me has hecho: en primer lugar voy a hacerte ciertas preguntas a las que te ruego contestes sin embates y con la mayor sinceridad y franqueza posibles; pero hazlo de modo que sin mentir y basándote sobre todo, en la certidumbre de los hechos, no me ofendas más con una suposición tuya; de manera es, que, piensa y reflexiona bien cada una de las interrogativas que te dirijo y las cuales hago porque es necesario a mi amor propio, casi ofendido, humillado casi; y después te vuelvo a suplicar, me respondas con toda verdad ciudad posible.

Pero ahora vamos a los hechos: en primer lugar sin que yo hubiera cometido ninguna falta, sin que hubiera desmerecido en lo más mínimo tu cariño y solamente fundándote en sospechas y mentiras, falsas como calumnias y maledicencias, inventadas tal vez por algún infame, que no teniendo valor suficiente para insultarme cara a cara, ¡lo hace ruin y cobarde!, ¡lo hace a mis espaldas! sin que yo lo sepa y se dirige a ti, porque tal vez ¡infame! comprende que yo sabría defenderme si se hubiera atrevido a mí. Si Severino mío, se dirige a ti porque comprende que yo a ti no te puedo hacer ni decir nada, porque ante ti se estrella mi orgullo y me quedo anonadada, ¡y perdóname!… ¡hasta llego a humillarme! pero me defiendo… y tú Severino mío inocente y crédulo has creído cuanta mentira te contaron, has creído y te perdono aunque me hayas desgarrado el alma con tu credulidad, has creído, repito, que yo te había engañado; que te dejaba de amar; que yo amaba a otro… que… en fin, que mi corazón ya no te pertenecía,  cómo es posible que dices, y creo que me estimas, hayas dado crédito a semejante mentira fraguada, tal vez, por algún envidioso de mi dicha ¿cómo es que tú cuyo corazón me pertenece haya siquiera imaginado tal abominación?, ¿en qué te fundabas?, ¿tenías acaso alguna prueba positiva de tal engaño? ¿o acaso me habías dejado de amar y pensabas que yo al saberlo al recibir tu desprecio te correspondería con un desprecio vil a trueque del amor puro que hasta entonces te había brindado…? ¡Cuán equivocado estabas! ¡mil y mil veces estabas en un error! Ante todo, eran calumnias y mentiras cuánto te habían dicho y estoy dispuesta a darte una satisfacción como delante de la persona… ¡qué digo! de la víbora que se atrevió a mentir sin comprender… ¡infame!… que tú al creerlo, disminuirías a un tanto tu afecto hacia mí, y que esa porción de cariño que villana e indirectamente me robaba, hacía falta en mi corazón.

En segundo lugar, sí ya no me amabas y todo lo que te dijeron contribuyó a tu enojo, fue un absurdo esto último porque no tenías ningún fundamento serio en que basar tus sospechas y suposiciones. Por último, cierta ocasión que nunca olvidaré me encontraste, me viste perfectamente y yo a ti también, ¿por qué pues no me saludaste? ¿que acaso era yo indigna de recibir tu saludo ya que no tu amor? ¿por qué obraste de esa manera? ¿qué crees que en esa vez no me humillaste? si otra persona hubiera sido, casi estoy segura de que no que volvería a hablar… pero yo… ¡insensata! el amor me ha secado y no sé si tú aún te dignes amar todavía a la que has ofendido casi. ¿Ya que no mereció el saludo merece aún el amor? yo creo que si aún lo merezco, porque mi conciencia no me acusa de haber cometido más falta que la de haberte querido con el alma, con toda la pasión con que pudo amar mi virgen corazón; porque nosotras las mujeres, nuestro corazón se forma repentinamente de un momento a otro, nos vamos trocadas de niñas a mujeres y ahí tienes, Severino mío, porque el tierno corazón de una niña invulnerable e indiferente a todo lo que no concierne a su alegría infantiles, se ve momentáneamente, cambiado completamente y entonces es cuando empieza a ser mujer y ¡ay de ellas si obedece a las fogosas pasiones de su virgen corazón! Sucumbe, baja por la pendiente resbaladiza donde la coloca en las pasiones y no encuentra obstáculo ni hay razón que pueda detenerla en el fatal camino a donde la dirige su corazón.

He aquí, porque la única falta de que me acusó, si es que falta puede llamarse a la obediencia estricta al corazón apenas empezado a formar.

Los hombres empiezan a amar por único pasatiempo, por vanidad; es muy difícil en un hombre saber cuál fue su primer amor, porque empieza por frivolidad y acaba por pasión; pero en el intervalo del pasatiempo son muchas las bellas favorecidas, mientras que en las mujeres nos basta, con saber quién es el ídolo, el caro bien amado y aunque antes haya habido otros, o después haya más, téngase la certidumbre de que, aunque el mundo entero se opusiera, a nadie había de amar sino a él; sí Severino mío, yo estoy en este caso; a ti y únicamente a ti te amo y he amado… me has humillado y te perdono… has sospechado de mí y también te perdono porque tú no eras el culpable, obedecías a tu dignidad que creías ofendida y a un infame que te engañaba, pero esto creo que no fue motivo para que dejaras de saludarme.

Ahora te voy a pedir un favor muy grande que espero que me concederás: dime quién fue el que tan vil y villanamente te engañó y me ofendió, espero no me negarás este último favor que yo te pido.

Tú encendiste la llama de mi corazón y por eso te amé, ahora aunque todos se opongan, no es nada fácil apagarla y te amo y te amaré hasta que cese el último de los latidos de mi pecho…

Con bastante sentimiento.

Tuya.

Victoria

«¿Qué te parece Ruperto?, ¿no crees que estoy obrando como un canalla?». «Yo te lo decía, que ese pretexto salía a veces contraproducente y es lo que te ha pasado por no seguir mis consejos». «Y ahora me arrepiento de verdad, porque Victoria es tan buena que si yo le hubiera hecho más cosas, tenlo por seguro que más me querría; ¿ahora qué debo hacer para hablarle? ¿con qué cara me le voy presentando?». «No seas tonto. Dile que su carta te convenció y que nada ha pasado, así que tú quedas en tu lugar y ella contenta. Ten la seguridad que te espera con los brazos abiertos».

Esa noche soñé con el poeta:

Tu llanto

Te quise más, al ver, dulce bien mío,

que a tu carita se asomó el quebranto

y a tus ojos las cuentas de rocío

del diáfano veneno de tu llanto.

Te quise más, con un amor inmenso,

pues llorando ante mí, fuiste sincera,

de sólo recordarlo me avergüenzo…

¡Yo no valgo una lágrima siquiera!

no valgo tu dolor… tan solo anhelo

haber sido la seda del pañuelo

con que enjugaste el llanto de tu cara…

Como me lo dijo mi amigo salió. Pues tan luego como se dio cuenta de que la esperaba en las afueras de su casa salió rebosante de alegría y con besos acompañados de lágrimas me decía: «verdad que soy inocente de cuánto te contaron». «De eso ya ni que acordarse, basta con tenerte entre mis brazos para olvidarme de que existo en el mundo». «¿Qué tanto me quieres?». «Eso y más…». Y felices nos besábamos hasta la tortura.

Pasó más tiempo y nuestras relaciones seguían un ritmo acompasado, es decir, con sus ondulaciones, porque mi espíritu aventurero no se amoldaba a esta inercia amorosa, principié a faltar bajo cualquier pretexto que ella creía o no. Yo la quería lo mismo que el primer día pues su bondad hacía que mi afecto no se aminorará en lo más mínimo.

Durante el largo tiempo que duraron nuestras relaciones fueron, como ella me decía, muchas las bellas favorecidas con mi falso amor; pero ella siempre fue la preferida.

La quiero o no la quiero… era el dilema en que me encontraba metido y no le daba una solución satisfactoria: «Indudablemente que la quiero porque si no lo fue para así no sentiría satisfacción y ese bienestar al estar a su lado». Pero mis deslices, a veces, mi desapego, los otros amores que tenía, ¿no denotaban una falta de amor? claro que sí entonces ¿la quería o no la quería? y a decir verdad hasta la fecha no lo sé. ¿O no era amor que yo sentía por ella y ese afecto que yo le dispensaba era nada más una complacencia amorosa? Yo no era capaz de faltarle en lo más mínimo cuando ella estaba presente, en cambio cuando estaba solo con los amigos me llegaba a olvidar de ella no sólo por horas sino hasta por semanas. Durante ese tiempo no sentía inquietud, ni ansia, por su ausencia y sólo en su presencia la acariciaba con gusto y hasta con satisfacción.

Fuera lo que fuese, nuestras relaciones se fueron enfriando, al menos por mí parte y por ella yo creo que la resignación le dio la tranquilidad, aunque su amor por mí no creo que haya decaído, pues bastaba mi presencia para que ella enloqueciera de alegría; pero un buen día se me antojó ya no volver y no volví hasta pasados ocho meses en que mi amigo y yo, no teniendo que hacer pasamos por la casa de nuestras novias y se nos antojó entrar a visitarlas. Las encontramos y nos recibieron, sobre todo a mí, como si no hubiese pasado tanto tiempo sin vernos. Nos despedimos pronto y salimos no sin notar alguna inquietud de parte de las dos hermanas.

«A mí se me figura que hay gato encerrado y que ya nuestra ausencia les hizo buscar nuevos amores», le decía yo a mi amigo. «¿Y qué nos importa? ¿acaso no tenemos nosotros también nuevos amores?». «Tienes razón, pues sería injusto no concederles también el mismo derecho, lo que no me explico es que si ya los tienen porque ese recibimiento». «De eso no te extrañe, algo debe de sobrar de nuestros antiguos amores y que si ya los tienen tenemos el derecho de primacía. ¿Quieres que vayamos a convencerlos mañana por vía de esport?».

Al día siguiente nos convencimos de que en realidad ya tenían nuevos novios, porque cuando llegamos a la puerta ellas corrieron hacia adentro de su casa y ellos se siguieron, nosotros que ya teníamos confianza entramos y nos sentamos como si no hubiésemos visto nada… esa noche entre caricias y caricias, ella se hubiera entregado a mí, pues estaba dispuesta a todo; pero yo, pensando en su porvenir truncado por un rato de obnubilación me detuve y no volvimos a vernos más…

Tiempo después supe que se había casado, no supe con quién… mucho tiempo después, ya siendo médico, se me presentó llevando a una criatura en los brazos para que le hiciera el favor de tratarla de unos granos. Yo la traté con la amabilidad con que se trata a los viejos amigos, más aún cuando se trataba de una mujer. Ella me ocultó su desgracia, pero en la cara se lo reconocí, pues aparte de los años, las huellas del sufrimiento le saltaban a la cara. Se empeñó en pagarme la consulta que yo no quería aceptar, se despidió de mí y no volvió a mi consulta y en la calle hacía lo posible por no verme la cara… seguramente, habrá o sabrá que, aparte de que noté su desgracia ahora la sabía perfectamente, la prueba es que ella trabaja y sufre en silencio cómo debe sufrir toda buena madre…

23. Fuiste una flor de loto en el remanso de mi vida

 Pachuca. Marzo 19 de 1917.

Había una nevería en la calle de Hidalgo regentada por un japonés muy amigo de los estudiantes y entre los más asiduos concurrentes estábamos nosotros; allí encontrábamos esparcimiento a nuestras almas y a nuestro estómago, pues la nieve de limón en ese lugar era exquisita y más aún porque, muchas de las veces, era fiada y también en algunas ocasiones regalada.

Esto no tendría nada de particular si por este tiempo no hubiera llegado al lado del nevero una linda japonesita. Era bonita y muy simpática en su trato; era menuda de cuerpo, pero muy bien proporcionado, yo le calculaba unos diecisiete años y no le andaba lejos porque después nos dijo que tenía dieciocho.

Al ruido de la llegada de la japonesita aumentó la clientela, no solamente estudiantil sino también extraña y pretendientes de sobra le salieron al paso, pero ella, a pesar de ser tan decidora se hacía la socarrona dándoles a todos por su lado sin hacerles caso a ninguno.

Yo me daba cuenta de los fracasos de tantos adoradores y por eso no me atrevía a decirle nada, a pesar de que ella tenía, más o menos bien demostrada cierta predilección por mí.

Pero un día que madrugué intencionalmente, me di cuenta de que el japonés se había ausentado y ese tiempo lo aproveché haciéndole el amor.

─Pero ¿de veras me quieres?

─Cómo no te voy a querer, ¿que no ves lo asiduo que soy?

─¿Eso quiere decir amor? Además, tú no sabes quién soy, ni siquiera cómo me llamo.

─En realidad no… ahora dime cuál es tu nombre, me lo figuré tan difícil de pronunciación como tu apellido Takaguchi.

─Estás muy lejos de la verdad. ¿Que no ves que yo nací en México y mi nombre es Guadalupe? Te parece raro ¿verdad?

─No mujer, al contrario, encantado de que tengas un nombre como el de nuestra Virgen.

─Ahora otra verdad que tú ni por asomo te figuras… soy viuda de honor.

─¿De veras?

─¡Como lo oyes!

─¡Tan chica!

─Es la costumbre entre nosotros y mi marido se murió de no sé qué y por eso me tienes aquí sirviéndole a mí pariente. Ahora tú dices si sigues en tu deseo de que sea yo tu novia.

─Pues te diré que eso me importa muy poco, lo que me interesa eres tú y me basta con que tu boquita diga sí. Te quiero para que me hagas el hombre más feliz de la tierra.

─Pues entonces sí.

─Dame un beso como prueba de tu amor.

Nos dimos un largo y asfixiante beso que me hizo temblar de pies a cabeza. Era una mujer ideal, con muchos dones que me hacían feliz todas las mañanas que pasábamos juntos, pues era la hora en que había menos movimiento el japonés tenía que ir a ver todos los jardines de Pachuca de los que era el encargado, favoreciendo nuestras entrevistas.

Cada día la quería más, tan melosa y dulce, tan cariñosa que me hacía pasar las horas cuál si fueran minutos.

Ya teníamos algún tiempo de relaciones platónicas y felices, cuando se le ocurre enfermarse al japonés y sin más ni más dejó de encargada a la chamaca y él se internó en el hospital.

Con la confianza que ya teníamos se detenía a comer conmigo y a veces hasta dormíamos la siesta juntos muy santamente. Yo no me atrevía a hacerle ciertas proposiciones por cariño a ella, pero había de llegar ese día de felicidad y de gracia para ambos, y fue mía en cuerpo y alma.

Desde esa vez su cariño fue in crescendo, me quería tener todo el día allí, cosa que para mí era imposible, yo tenía otras ocupaciones aparte de mis estudios, no porque me chocara estar con ella sino porque me daba pena con el japonés que se daba cuenta de sus muchas atenciones y nada de consumo.

Los celos empezaron a entrar en nuestras relaciones, yo creí que la sangre japonesa no tenía ese temperamento y me pegué un chasco, porque ella era tan celosa como una mexicana. Cuando sus celos se dejaban ver, hasta los ojillos se le hacían más chicos, pero yo tenía la táctica de saberlos aplacar muy fácilmente.

Ya estaba fastidiando con sus impertinencias y un día quise poner un «hasta aquí» a nuestras relaciones y le dije:

─Si no moderas tu carácter ten por seguro que nuestras relaciones terminarán.

─¿Y eres capaz de dejarme abandonada sabiendo que soy sola en este mundo?

─Tan capaz soy… desde hoy en adelante si me celas como hasta ahora no te vuelvo a hablar.

─No seas así conmigo, mira que te amo… porque soy capaz hasta de matarte.

─Ya empiezas… ya me voy.

─¡No te vayas! ¡espera no lo vuelvo a hacer! ─y se abrazó besándome. Cuando menos lo esperábamos se presentó el japonés, nos separamos, aunque él no nos dijo ni la más leve palabra; pero poco tiempo después era embarcada para su tierra y no la volví a ver y mucho menos a saber de ella.

Ausencia.

Mi corazón enfermo de ausencia

expira de dolor porque te has ido.

¿en dónde está tu rostro bendecido?

¿qué sitios ilumina tu presencia?

ya mis males no alivian tu clemencia,

ya dice ternuras a mí oído,

y expira de dolor porque te has ido

mi corazón enfermo de tu ausencia,

es inútil que finja indiferencia,

en balde busco el ala del olvido

para calmar un poco mi dolencia,

mi corazón enfermo de tu ausencia

expira de dolor por qué te has ido…

E. Rebolledo.




22. Eras buena, pero el tiempo te hizo mala

Pachuca. 22 de febrero de 1917.

En las tradicionales fiestas de San Francisco del año 1916 conocí a una mujercita que me llamó mucho la atención, me puse a perseguirla, pero me perdía entre el gentío, volví a encontrarla y cuando quería acercármele huía acompañada de dos chiquillos que le hacían el juego. Esa persecución duró casi todo el tiempo de la fiesta y no pudiendo atraparla, me fastidié dejándola por la paz.

      Por el mes de enero de 1917 volví encontrármela en las en la calle,  su sonrisa coqueta me obligó a perseguirla nuevamente, pero me ganó en tiempo porque se metió a su casa en la calle Fernando Soto. Al menos ya sabía su domicilio.

     Me di a la tarea de espiarla todos los días a una misma hora, pero no dio la oportunidad deseada para hablar con ella, lo único que me animaba eran sus miraditas por la ventana y una que otra asomada por la puerta, hasta que una vez en el Mercado de Barreteros la vi y sin que ella se diera cuenta ya estaba al lado de ella, y sin más ni más, con esa desvergüenza estudiantil le declaré lo mucho que yo la amaba, nada más se sonreía, pero no me contestaba nada a pesar de mis insinuaciones; yo estaba dispuesto a no retirarme hasta no obtener una respuesta fuera la que fuera. Subimos hasta las calles de Abasolo para bajar por Covarrubias y ya casi llegando a su casa me respondió que sí y me citó para el día siguiente a la misma hora. Cuando volví con mi amigo del alma le dije con rebosante alegría «¡ya estuvo manito envídiame!».

     Así estuvimos por algún tiempo hasta que un primo suyo con un garrote en la mano me hizo correr y ya no la dejaron salir, pero yo estaba picado y por consejo de mi amigo nos disfrazamos de electricistas y pedimos en su casa pasar a la azotea para revisar unas líneas, los primeros días pasaron con felicidad, pero el pariente empezó a recelar de esos inspectores tan jóvenes que no podían terminar su revisión y, con un aviso oportuno de ella, no volvimos. Después solamente en la misa nos podíamos ver mientras su tía rezaba devotamente nosotros platicábamos irreverentemente, mas la señora se dio cuenta y ya ni eso pudimos hacer. Viendo la inutilidad de mis esfuerzos por verla la borré de mi lista y no volví a molestarme en buscarla.

     Pasó el tiempo, cursaba el cuarto año de Medicina cuando una vez que entré a comprar pasteles a una dulcería-café llamada El Fénix, al pagar en la caja me encontré con la agradable sorpresa de que la cajera era nada menos que ella. Me recibió amablemente hasta que me rogó que la esperara pues ya se acercaba la hora de su salida, naturalmente que la esperé. Cuando salió y la vi de cuerpo entero me quedé asombrado al ver que la chiquilla de aquellos tiempos no quedaba nada y en su lugar había una mujer ¡pero qué mujer! la más bella que hasta entonces había conocido en la ciudad de México. Era en realidad una belleza despampanante que llamaba la atención hasta el más exigente, todo en ella era bonito, hasta el detalle más nimio era agradable.

     Esa cara tan hermosa, posada en ese cuerpo estupendo, me hacía concebir en un plus ultra entre las mujeres: su cara de un blanco sonrosado, con unos ojazos azules con grandes pestañas, su nariz céltica remangadita, su boca diminuta, su cabello de un rubio ligero la hacían adorable y con ese cuerpo escultural la hacían deseable.

     Después de los saludos de rigor y rememorar los antiguos tiempos me notificó que ya se había casado, pero qué debido a malos acuerdos se había separado. Así platicando llegamos a su casa, me pasó, me presentó a su madre y a su hermosísima hija: una encantadora chiquilla y como a mí siempre me han gustado los niños me puse a jugar con ella al grado que simpaticé tanto que cuando me despedía me decía papá.

     Como su casa quedaba en camino al Hospital General, cada que me tocaba clase pasaba a visitar a la encantadora chiquilla, ya que no a su madre porque estaba en su trabajo y en donde yo evitaba el verla porque era un lugar para los que tenían dinero y yo no lo tenía; muchas veces le pedía permiso a la abuela y me prestaba a la niña para dar la vuelta y ella encantada con su papá postizo.

    Ella me citaba para platicar, pero mis estudios no lo permitían porque si en Pachuca posponía el estudio por el amor, en México fue todo lo contrario.

      Un buen día en que no tenía clases salir de mi práctica del Hospital Juárez y me encaminé con la intención de sacar la niña, llevármela Chapultepec, pero al llegar a su casa encontré con la nueva de que era día de su santo de su madre y ya no me soltó, me hizo tomar algunas copas fuera de mi costumbre y con eso me tuvo prisionero. Asistieron un montón de encantadoras chamacas, se bailó, se comió mole y en fin que la fiesta estuvo encantadora, máxime que de hombres era casi el único y las muchachas como es natural querían charlar conmigo, pero ella tuvo el buen tacto de limpiárselas todas, hasta que al dar las 10:00 de la noche no quedábamos más que ella y yo solos, porque la nena y la abuela ya estaban dormidas. Entonces hice el intento despedirme y ella con dulzura me dijo «nada de que te vas, ahora te quedas aquí conmigo». Y naturalmente obedecí.

     Fue una noche de placer, fue una noche en que me sentí transportado a un paraíso en donde yo, únicamente yo, disfrutaba de las caricias de las huríes del profeta. Ella se entregó a mí con el fuego de primicias contenidas y mi juventud le concedió todo el complemento a sus deseos. Era una mujer adorable en todos los sentidos, al menos yo la consideraba así en aquel tiempo en que ofuscado por su belleza no veía en ella ninguno de los defectos de que padece toda mujer caprichosa como lo era ella, y el tiempo vino confirmármelo sin detrimento de mi bienestar.

    Tuvo un hijo el cual, o más bien al parecer era mío y que su comportamiento ulterior me hizo dudar de esa paternidad; pues desde el embarazo tuvimos una vida de infierno y después de él vino lo peor, porque ella se volvió descarada y prostituida el grado de llegar con diferentes hombres a su casa.

    Yo nunca la celé, porque no la quería y poco importa su comportamiento y sí tuvimos algún disgusto fue por causa del maltrato que ella daba a los chiquillos que ninguna culpa tenían que haber venido al mundo.

     Yo quería demasiado este par de chiquillos y ellos respondían con creces mi cariño, de buena gana los hubiera adoptado si hubiera tenido quién los cuidará, pero yo era un hombre solo y vivía en compañía de mi hermano y otros dos compañeros.

     Un día tuvimos un disgusto y a pesar de lo mucho que me dolió dejar a ese par de chiquillos no volví a verla ni siquiera a pasar por donde vivía ni por donde trabajaba.

    Así pasó el tiempo y ya una vez médico recibí un telegrama en el que se anunciaba que el niño se moría y que ella no hallaba qué hacer con él, me presté de buena voluntad y cuando estuve junto a él me di cuenta de que se trataba de una difteria, que llevaba a una muerte segura al nene y así sucedió, murió por falta de cuidado de esa madre negligente, pues por andar con sus fechorías no se había dado cuenta de la gravedad del hijo.

     «Ya pagarás todo el mal que has hecho a tus hijos porque nadie más que tú tienes la culpa de esta muerte» y no la volví a ver en mucho tiempo.

       Hacía casi trece años que yo no veía a Elena la chiquilla que me decía papá y el día en que estuve presente ya no me conocía, ni siquiera se acordaba de mí.

     De esa fecha, pasaron dos años y la volví a encontrar una fiesta, ella aún conserva mucho de su belleza, pero la hija la opacaba con sus quince abriles, ya era una preciosa chiquilla, sin la malicia de la madre y menos de sus costumbres, pues era recatada, inteligente, reservada, todo lo contrario de su madre que aún le quedaban arrestos para el mal.

    Me la presentó en una manera muy correcta se puso a mis órdenes, no me conocía, ni yo hice la lucha para que me recordara.

      También me vi comprometido a bailar con mi antigua amante, me hizo bastantes insinuaciones como queriendo reconquistarme, pero ya mi estado de casado no me permitió aceptar sus proposiciones y yo creo que ni aunque hubiera sido soltero habría vuelto a reanudar mi idilio con ella; de tal manera que quedé asqueado con su conducta que me parecía ver a cada instante todos los descalabros por los que pasé por ella.

     Dos años más tarde la volví a encontrar por las calles de Camelia, me invitó a su casa y me hice el desentendido preguntándole por la chiquilla, volvió a repetir su oferta y la eludí con fútil pretexto y ella comprendiendo que yo hacía todo lo posible por evitar esa platica me dio entonces la noticia de que su hija se había casado bien y que luego la habían dejado en las cuatro esquinas pues su novio ha de haber sabido algo de su dudoso pasado y no quiso que la que era su esposa se enlodara con la antigua mala conducta de la madre.

     Ahora ha pasado ya mucho tiempo y no he vuelto a tener noticias de ella. ¿Se habrá muerto? ¡quién sabe! pero no es para mí más que una mala sombra del pasado tonto de mi vida estudiantil.

Olvido

Dicen que el que bien ama nunca olvida,

porque presa su mismo pensamiento,

lleva la imagen de la faz querida

que forma su ventura y su tormento.

Yo he querido una vez y aquel momento

que eternizar pensé, toda mi vida,

cruzó por mí, como huracán violento,

sin dejarme una huella ni una herida…

Bastó para lograrlo, únicamente,

alzar sobre la roca de mi orgullo,

mi firme voluntad, recia y potente,

Y cuando retornó la primavera,

de aquel nombre que fuera dulce arrullo

no recordaba la vocal primera…

                                            S.

21. Tu medio era la perdición… y te perdiste.

Pachuca. Febrero 2 de 1917

En la subida del Instituto, cerca del Mesón de Peregrinos, habitaba un viejo pianista al que por mal nombre apodaban el Borrego y este tenía una hija a la que por antonomasia le decíamos la borrega.

Esta chica era muy agraciada, tendría unos diecisiete años, su color moreno apiñonado, sus grandes ojos negros dotados de unas pestañas que causaban la envidia de muchas chicas y la hacían parecer adormidos, su cuerpo muy bien formado, en fin, que el conjunto era bonito por todos lados y desde luego atraía la mirada de todos los estudiantes que pasaban al Instituto.

Yo la había floreado de pasadita, pero nunca me había fijado en ella, ni los atractivos de que estaba dotada, hasta que una vez nos invitaron a una fiestecita en la que me encontré a la mentada borreguita. En esa fiesta escaseaban las parejas y no tuve más remedio que disfrutar de lo que había, hasta que en una de las piezas me tocó por turno con la del cuento. Supe que se llamaba Amalia y que no iba a la escuela cuál ninguna porque ya había terminado su instrucción primaria, pero a más de eso que yo le caía bien. Nos acomodamos tan bien que ya no nos separamos en toda la noche, al grado de que al terminar el baile ya éramos novios y nos despedimos de beso y todo.

Mi amigo del alma no se había quedado atrás y también había sacado su parte, su novia se llamaba Esperanza, con la fortuna de que era amiga de la mía y eso facilitaba el pretexto para nuestras entrevistas; pues ella, mi novia, iba a casa de Esperanza y le pedía permiso de ir a su casa y Esperanza al revés le pedía permiso a mi novia con el mismo pretexto.

Así se realizaban nuestras entrevistas sin el más leve contratiempo, nuestras novias se entendían muy bien, ellas eran las que arreglaban todo y nosotros no hacíamos más qué aceptar. Así caminaban las cosas, cuando un día Esperanza nos notificó que ya tenía dónde se efectuaren nuestras entrevistas para así estar a salvo de las miradas ajenas, y nos llevó a una casa de ella situada cerca de dos caminos. Era una casita arreglada con elegancia y confort, con un objetivo muy sospechoso y no me daba cuenta de por qué ella disponía de esa casa de esparcimiento. Empecé a sospechar de la conducta de Esperanza y de paso de Amalia que, aunque ella no me había hecho ninguna insinuación, no tenía ninguna protesta por el caso.

En un momento en que nos quedamos solos mi amigo y yo le hice notar mi extrañeza:

─¿Qué ya las muchachas no serán vírgenes que nos trae esta garçoniere?

─¿Y qué nos importa…?

─¡Pero sí es un cuarto para hacernos caer y que nos sorprendan!

─¡Tú siempre pesimista y miedoso! ¿qué nos pueden hacer? Tú y yo somos unos míseros estudiantes a los que no nos sacan un centavo ni volteándonos al revés, menos nos van a querer encadenar para que nos tengan que mantener.

─Tienes mucha razón, pues eres el libro abierto para el mal, ¿pero no te parece que tomemos nuestras precauciones? Busquemos una retirada estratégica y atranquemos bien la puerta.

─Ni mandado a hacer, mira aquel solar que da al cerro, por aquí y con nuestras buenas piernas no tenemos que temer a nadie…

Hay mujeres que nacen para la prostitución y estas eran unas de ellas, pues cuando volvimos de nuestro reconocimiento nos esperaban en bata de baño; nuestro temor se tornó en sorpresa y nuestra sorpresa en admiración, pues debajo de las batas no se vislumbraba más que el ropaje de nacimiento. El cuerpo escultural de Amalia, moreno, terso… lo admiré en todo su esplendor… ¡qué bella estaba! su pecho tan hermosamente formado lo besé hasta el cansancio y después… la virgen se había transformado en ramera…

Nuestras bacanales se prolongaron por espacio de dos meses y durante ese tiempo supimos que las madres de estas dos pobres chicas eran proxenetas, y que estaban haciendo propaganda para vender en subasta al mejor postor las primicias de sus hijas, primicias que ya no tenían puesto que nosotros habíamos disfrutado sin producto.

Tiempo después suspendieron nuestras entrevistas sin causa justificada aparentemente, pero la verdad fue que las madres se dieron cuenta de lo que estaban haciendo con nosotros y no las volvieron a dejar salir ni a la puerta por miedo que se les escapara el negocio de la iniciación; ¡pero qué optimistas! Ya llevaban por delante el desengaño a su avaricia de proxenetas ¡qué asco! no alcanzo a comprender que haya madres capaces de esas cosas, aunque viéndolo bien no se portaron con nosotros como cualquier hetaira si eso me demostraba que ya había nacido con la herencia corrompida en la sangre.

Hetaira

Sé bendita entre todas las mujeres

porque jamás tu seno concibió; porque eres

como piedra en el fondo de los mares caída;

porque no deja huella los besos de tus labios

y porque entre sus muslos elásticos y sabios

se pierde inútilmente la savia de la vida.

F. Villaespesa

20. Tu amor pasó pronto, pero sí fue cierto…

Pachuca. Enero 7 de 1917.

Nuestro lugar de esparcimiento eran las ventanas de la Escuela de Comercio y a través de las vidrieras llamábamos la atención del alumnado. Desde afuera distinguí a una morenita de ojos traviesos que me llamaba mucho la atención, estuve alerta a la salida de todas las muchachas y tan luego como la vi me fui tras ella hasta llegar a su casa por las calles de Abasolo.

Ella era una morena flacucha, de cara graciosa y de ojillos traviesos. Esa travesura que siempre tenía a la mano era lo que me sugestionaba.

Me correspondió luego y la confianza entró en nuestros corazones desde el primer día. La esperaba a la salida de la escuela por la noche y hacíamos la larga calle de Abasolo en casi dos horas. Era muy efusiva y le agradaban demasiado los mimos de los cuales la llenaba; besaba como una fiera coma como si quisiera haberme comido.

Me decía muchas veces: «mira Severino, no trates de engañarme porque yo soy muy celosa no sé detenerme cuando me entra la furia». «No seas tonta. ¡Qué te voy a engañar!», y por dentro me decía: «si supieras cuántas como tú se creen las únicas». «Por eso te quiero tanto por bueno y porque demuestras tu cariño».

Todas estas tonterías y otras más me soltaba en sus momentos de locura, pero lo que no sabía era que yo tenía otras novias más a quien consecuentar. Sin embargo, era ella la que más me llamaba la atención.

Nuestro amor estaba llamado a no ser duradero, porque ella en su bullicio y su amiguerío no tardó en saber que yo tenía otras novias, y un día se plantó de jarras y me dijo: «Severino tengo que hablarte seriamente, nos vemos en la noche donde siempre».

Por la noche la esperé, la tomé del brazo, caminamos un momento en silencio por las calles hasta que al fin decidió hablar: «Severino yo te quiero y la prueba más fehaciente de ello ha sido mi gran cariño, pero tú no has sabido aquilatarlo y es la última vez que nos vemos, no me preguntes más y bésame por última vez». Nos besamos hasta la saciedad casi hasta llegar a las puertas de su casa, con esa sed de cariño… claro como era la última vez que nos veíamos… y lo cumplió porque no volvimos a vernos. A pesar de mis desvíos yo sí la quería, era muy graciosa, muy loquita…

Fragmento

¡Adiós, mi bien! Es el postrer instante …

pero seca en tu pálido semblante

¡ay! ese llanto que vertiendo estás,

lejos me voy, tristísimo y errante, mas no te olvide el corazón jamás.

¿Jamás?…

¿No más, mi bien? De querubín el canto

es la palabra que diciendo estás …

¡Adiós…! ¡un beso!… ¡beberé tu llanto!

─¿Te olvidarás de la que más te ama tanto…?

─¡Jamás, mitad del corazón…! ¡Jamás…!

Campoamor.


18. La inteligencia te dará el triunfo…

Pachuca. Septiembre 14 de 1916.

Las fiestas patrias en la Escuela Normal, en tiempo de la señorita Hazas, hacían un ruido inusitado a las que asistíamos numerosos institutenses, no tanto con el fin de aprender algo, sino de ver a las muchachas.

Para demostrar sus conocimientos en idiomas, Teresa Silva recitó en inglés el monólogo de Hamlet y lo hizo con tal soltura y fluidez que mereció el aplauso del público, y principalmente mío que tuve la osadía de hacerlo de una manera particular.

Desde ese día me transformé en su sombra, pues a todas partes la seguía, hasta que la hice mi novia.

Su inteligencia clara, su educación esmerada, su facilidad de expresión y su sociabilidad, la hacían adorable para el que tenía el placer de platicar con ella.

Su inteligencia me abstraía de tal manera que nuestras pláticas se basaban siempre sobre tópicos educativos, de historia, geografía y de literatura, que era lo que más nos distraía.

Había pasado un mes y ni siquiera un beso había premiado a mi amor, ella no era partidaria de estas efusiones, ni siquiera me era permitido acariciarle la mano porque esto, según ella, era ridiculez.

Todas estas maneras de pensar fueron enfriando nuestras relaciones y con el pretexto de los exámenes deje de verla; aunque ella no dio por terminadas nuestras relaciones, sino que pacientemente esperaba el que yo tornarse a reanudarlas, como siempre.

La suerte me volvió a proteger, presenté mi año completo casi siempre a título de suficiencia, y con bastantes buenas calificaciones pasé de año. Hice gala de mis conocimientos en las sobremesas de mi casa, pero más que de eso, hice gala de mi cerebro que tenía la facultad de asimilar con facilidad todos los conocimientos del curso. Mi padre callaba y se alegraba con satisfacción, y que si no me perdonaba mis desvíos estoy seguro de que los dispensaba porque de su boca ya no salía ningún reproche. No tenía por qué decirme nada, porque según yo cumplía con mi obligación, máxime que siempre me desvelaba, al día siguiente me levantaba como siempre el cumplimiento de mis obligaciones.

Llegado el día último del año y encontrándonos arrancados de dinero, no encontrábamos una parte que nos invitaran a la fiesta de fin de año sin la correspondiente cuota. Para esto, ya nada más éramos dos los cuates de la palomilla, pues desgraciadamente nuestro amigo Armando Loza tuvo que trasladarse por cuestiones de negocios a la capital, así es que Ruperto y yo nos dimos a la caza de alguien que nos invitara.

Ruperto se acordó de que, en la casa de Teresa, mi novia, iban a hacer una fiesta a todo trapo, y que, hasta la marimba, cosa nueva aquí en Pachuca, iba a tocar. Yo no tenía cara con que presentarme a Teresa, puesto que la había cortado, pero mi amigo me convenció de que no habíamos terminado, que no había sido más que una tregua y que por consiguiente no teníamos más que el hacernos los encontradizos, así sabíamos a qué atenernos; pues así no nos exponíamos a que nos fueran a correr, que no sería la primera vez, pero no queríamos otra.

Nos plantamos en las calles de Guerrero, frente a la casa de ella, y a la vuelta y vuelta estuvimos desde las cuatro de la tarde hasta las seis en que ya impacientes íbamos a retirarnos, cuando la suerte nos protegió pues Teresa en persona salió a la puerta de su casa y con la alegría pintada en el rostro me saludo: «¡qué milagro!», «pues pasábamos por aquí y ya que tengo la suerte de verte me alegro de saludarte». «¿a dónde van?», «vamos a prepararnos para ir al casino a despedir el año», mi amigo me dio un pellizco. «¿y por qué no se vienen con nosotras? vamos a tener una fiestecita, no como la del casino, pero si ustedes quieren los esperamos». «Pues ni modo Teresita, ya estamos comprometidos», otro pellizco de mi amigo. «¿qué les cuesta venir aquí? ¡nos faltan muchachos!». En esos momentos salieron las otras amiguitas de ella y en coro nos rogaron que nos quedásemos de una buena vez. «Mejor miren…» les decía yo «un ratito allá y luego venimos acá». Entonces mi amigo no se pudo contener y dijo: «No se apuren muchachas, de mi cuenta corre que Severino y yo, y otros amigos más, venimos a despedir el año con ustedes». ¿Entonces los esperamos a las nueve?» «sí» le respondimos.

«Qué bárbaro» me decía mi cuate, «con tus impertinencias ya se me hacía que nos quedamos sin baile». «Hay que hacerse del rogar, mi amigo, mas en fin, ya está la fiesta en las manos, hay que avisarles a los demás amigos, nos vemos a las nueve de la noche en la puerta».

Fuimos muy puntuales, nos apoderamos del baile y de las mejores muchachas en detrimento de los que habían pagado su cuota y no tenían con quien bailar, hasta se rumoraba el corrernos, pero ellas se declararon en favor nuestro y amenazaron con pasar la noche en el patio de la casa con nosotros, y tuvieron que rendirse. Pasamos un fin de año como nunca.

Mis relaciones con Teresa se reanudaron, pero como ella ya se había recibido de profesora y su trabajo estaba listo en la capital tuvimos que despedirnos para no volvernos a ver más. Cuando yo terminé el instituto la volví a ver en México, pero ya sin amor. Después, es decir años más tarde, supe que aún era soltera y que seguía dedicándose al meritorio placer de la enseñanza.

Este amor, que puede llamarse científico, no dejó huellas en mi corazón más que el simple recuerdo de un deseo cumplido…

17. Tu cuerpo será tu perdición…

Pachuca. Julio 16 de 1916.

Yo nunca he sido perezoso y por costumbre siempre he tenido la de ser madrugador, por ese tiempo iba todos los días a las seis de la mañana al Parque Hidalgo a estudiar, aunque a clases no asistiera, pues esto siempre me servía en los exámenes y era natural, con la mente descansada, los ratos de estudio los asimilaba y fijaba al momento, teniendo la facultad de no olvidar nada de lo que aprendía.

Había un señor, Alberto Vargas, ferrocarrilero, que también tenía esa costumbre, hicimos amistad porque no había con quién hacerla más, siempre estábamos solos; cuando terminaba el estudio me decía: «ándale, chamaco. Vamos a correr» y nos poníamos a darle de vueltas al parque hasta que el sudor nos bañaba, principalmente a él que estaba gordo. Una vez me preguntó si sabía manejar los resortes en todas sus formas, le conteste que sí y me invitó a su casa para que se los enseñara. Yo fui con él y allí me presentó a su esposa e hija, una chamaca de unos quince años que estudiaba en el colegio americano; me agradó y desde ese día el señor Vargas me tuvo como asiduo concurrente en su casa. Ella como nunca había tenido un novio, sin embargo, era coqueta, exhibicionista, pues le gusta lucir su cuerpo escultural rebosante de juventud.

Era como su padre, alta de estatura, pero bien proporcionada, formas irreprochables, su color moreno, sus ojos negros, su seno erguido, la hacía más atractiva… más, pues ella procuraba hacer resaltar todas esas cualidades.

A la semana de conocernos ya éramos novios, nos veíamos en el parque a la salida de sus clases, charlamos de cosas triviales, uno que otro beso furtivo y nada más.

─¿Cómo haremos para platicar más a gusto sin que nos vean?

─Pues muy fácil ─le dije─ aquí donde yo vivo, en la Hacienda de Guadalupe podemos estar a nuestras anchas.

─Pues vámonos allá.

Nos fuimos y la verdad era que esta mujer tenía una escuela amorosa como si hubiera tenido más edad. Allí dimos rienda suelta a todos los encantos del amor, nadie nos estorbaba; mas yo notaba que eso no le satisfacía, ella tenía deseo de algo desconocido, o más bien creo que tenía curiosidad por saber más, cosa a la que yo me hacía el sueco, en primer lugar por el escándalo y en segundo por su padre, que era mi amigo y había que ser leal con su amistad.

Yo procuraba no dar motivo a un fracaso, pero ella se impacientaba y hasta se enojaba conmigo, pues cuando yo me daba cuenta de que aquello tomaba color de hormiga pretextaba algo para irnos del lugar; pero un día en qué estábamos encerrados en el tenis, después de muchos besos me dijo:

─Severino yo quiero ser tuya, estamos solos nadie nos ve, cerré con llave la puerta de modo que nada temas.

─¿Y cuando tu padre lo sepa entonces no debo de temerlo?

─¿Y quién se lo ha de ir a decir?

─Tú, que una vez perdida te vayas a arrepentir de tus actos y entonces el amolado soy yo.

Sin embargo, era yo hombre, hubo un simulacro de posesión y hasta allí… fue medio, porque no volví con ella a la Hacienda

Viendo que era imposible que yo me doblegara a sus deseos principió a burlarse de mi poca hombría y de todos los recelos de que yo me valía para huirle, hasta que una vez cansado de tantas burras le dije:

─Conste que tú lo quieres no te vayas a hacer la chiquita, después cuando te venga el arrepentimiento y que si acaso se llega a saber algo seas tú la que tengas toda la culpa.

─No tengas cuidado, yo sabré defenderme en caso dado.

Nos encaminamos a la Hacienda y de allí al tenis. Nos encerramos por vía de precaución y allí se entregó a mí como por vía de sport. Fue una hora de prolongado placer, pues ella lloraba de placer en cada orgasmo, y salimos de allí, yo preocupado y ella feliz de haber saboreado lo desconocido.

Nuestras visitas al tenis se sucedieron cuotidianamente hasta que nuestros cuerpos hastiados pidieron una tregua, nos separamos por una nimiedad y yo me agarré a esa tregua como el náufrago a la tabla. Sentí que un gran peso se me quitaba de encima y ella se quedó tan conforme como si nunca me hubiera conocido.

Días después ya era novia de un amigo mío, el cual me preguntó que, si ella había sido mi novia y yo le contesté que no, que nunca me hubiera atrevido a tanto por ser amigo del señor Vargas, y quedó tan conforme que hasta más amable se volvió conmigo.

Como vivíamos en el mismo rumbo muchas veces nos llegamos a encontrar, nos saludábamos y hasta platicábamos de muchas cosas fútiles, pero nunca más recordamos todo lo que había pasado, que como ella me decía: «eso ya huele a muerto».

Solamente una vez, quizá nostálgica de placeres, me pidió que le llevara a pasear. Yo como hombre le concedí el gusto, al fin ya sabía qué clase de mujer era ella.

Por ese tiempo cambiaron a don Alberto a la división de Sonora y tuvo que abandonar Pachuca, me invitó a comer para despedirse de mí. Yo asistí y francamente debo de confesar que sentí tristeza por su despedida, era un gran amigo a pesar de la diferencia de edades.

Mi amigo, que rico era, casi se lo traga la tierra de dolor por la ausencia de ella y su padre que vio los trastornos que esto le causaba a su hijo el consentido, le dio el dinero necesario para que fuera por ella a Sonora y se casara si lo creía conveniente. Fue por ella y vino casado. Este cortó sus estudios, ella sufrió el primer descalabro porque se la llevó al rancho vivir, pues él tenía que trabajar para comer …

Con el tiempo, él se volvió borracho y con la sífilis que se cargaba hizo completa la desgracia de Lupe, que a gritos le rogó a su padre que viniera por ella, porque ya su esposo se había vuelto inaguantable.

Su padre vino por ella, se la llevó a Sonora y mi amigo murió de borracho.

No volví a saber de ella, ni ha menester…

16. Blanca paloma de mis dolores…

Pachuca. Mayo 10 de 1916.

 Acaba de llegar de Puebla su tierra la conocí en uno de los conciertos del Instituto. Nos simpatizamos, trabamos una amistad al principio de cortesía y después una amistad sincera.

Ella venía a Pachuca con su madre a cambiar temperamento y no sabía a ciencia cierta el tiempo que se quedaría en esta ciudad polvosa.

Durante nuestra amistad nos contamos nuestras cuitas respectivas; yo le conté mi desencanto por la pérdida de mi novia que se había ausentado, dejándome con el alma dolorida y ella el desengaño terrible de que le salió el novio casado.  

Ella era muy amante de la poesía como yo, de modo que pasábamos largos ratos recitando versos. Poco a poco esa intimidad se fue transformando en afecto amoroso y terminamos un día de novios.

El verso a Rosario, de Manuel Acuña, fue el que nos emocionó y sin darnos cuenta, al terminar el poema no nos dijimos nada, pero nuestras bocas se juntaron una y mil veces. Fue un amor romántico, un amor dulce y plácido, sin fuertes emociones, ni fuegos candentes.

Ella me quería y su amor me lo demostraba con un romanticismo como si fuésemos o hubiésemos sido Romeo y Julieta en persona; pues su modo de hablar y de expresarse era casi un romance; yo, desde luego, correspondía en la misma forma, nos besábamos y al momento salía un poema melancólico y místico como los de Amado Nervo. Nuestras citas eran como un liceo, porque los poetas, tanto mexicanos como extranjeros, eran fieles asistentes a nuestras citas de amor.

    Cierta vez me dijo: ¿qué te parecen estos versos de Víctor Hugo?

    Que ferai-je de la lyre

de la vertu, du destin?

¡Hélas! Et, sans ton sourire,

Que ferai-je du matin?

    Que ferai-je seul, farouche,

Sans toi, du jour et des cieux

De mes baisers sans ta bouche

Et de mes pleurs sans tes yeux!

 

    Y lloraba, estos versos le causaban una profunda tristeza. ¿Por quién lloraba? ¿Por mí? No lo sé. La consolaba con mis besos y mis caricias y le recitaba de Icaza:

            Fragmento

    ¿Para qué contar las horas

de la vida que se fue,

de lo porvenir que ignoras?

¡Para qué contar las horas!

    ¡Para qué!

¿Cabe en la injusta medida

aquel instante de amor

que perdura y no se olvida?

¿cabe en la justa medida del dolor?

¿Vivimos del propio modo

en las sombras del dormir

y desligamos de todo

que soñando único modo

de vivir?

¿Al que enfermo desespera,

qué importa el cierzo invernal

 el soplo de primavera,

al que enfermo desespera

de su mal?

¿Para qué contar las horas?

no volver a lo que fue,

y lo que ha de ser ignoras.

¡Para qué contar las horas!

    ¡Para qué!

 

    ─Qué verso tan precioso, dámelo ¿y tú no has hecho alguno?

    ─Sí, muchos…

    ─¿Por qué no me los has enseñado?

    ─Porque quizá no te gusten.

    ─Recítame uno no seas malo, mira que te lo pide tu Magdalena.

    Rememoré y le dije:

A la que pudo amarme …y no lo quiso.

    ¡Señor!, ¡Señor! …lo mismo que tú un día,

me encuentro yo clavado en la tortura,

apurando mi cáliz de amargura,

en el huerto fatal de la agonía …

    ¡Señor!, ¡Señor! …lo mismo que sentía

tu alma doliente, enferma y sin ventura,

sin consuelo y sin fe siente la mía…

    ¡Señor!, ¡Señor!… con el costado abierto

por donde escapa la vida eterna,

siento venir con caminar incierto

y más triste que tú, la hora postrera,

    ¡Pues te amaron a ti después de muerto

y a mí no me han de amar, ni cuando muera!

 

    ─¡Qué lindo! ¿y por qué no me habías dicho que hacías versos?

    ─Pues por nada.

    ─Ya sabes que de hoy en adelante solamente quiero oír tus versos son encantadores.

    ─Pues mi repertorio es muy pequeño y es personal, quiero decir que casi todos están dedicados y temo que esto no te gustaría…

    ─Bueno. ─Me dijo con molestia─ como tú quieras…

    A ella le gustaba mucho los poetas franceses principalmente Victor Hugo, que era el de su predilección, después venía Verlaine, Lafontaine, Malherbe, Deschanel, Alfred de Vigny y otros; y había veces que casi se enojaba porque para ella eran superiores a los nuestros.

    ─Mira mi vida no seas tonta. ¿Hay algo más dulce que este verso de Antonio Zaragoza?

Cuando Dios, Al que llora recompensa,

se apiade al fin de lo que yo he sufrido,

en silencio me iré como he venido…

Quiero en la sombra entrar. Tengo una inmensa

necesidad de olvido…

 

    ─¿Qué te parece? Dime uno que sea más triste más fluido más claro y con más alma que este que te recitado. ─Le dije.

    ─Ya verás ya verás cómo sí te lo encuentro… y es este:

Soñaba

Soñaba yo …mis párpados henchidos

    de lágrimas sentía;

soñé que estabas en la tumba, muerta,

    y muerta te veía …

era un sueño no más, pero despierto

    lloraba todavía …

estaba yo soñando y por la cara,

    el llanto me corría;

soñé que te arrancaban de mi lado

    alguno, vida mía…

era un sueño no más, pero despierto

    lloraba todavía…

soñaba yo… me ahogaban los sollozos,

    el llanto me bebía…

estaba yo soñando que me amabas.

    soñando que eras mía

era un sueño nomas, no más que un sueño,

    y lloro más que nunca, todavía…

                                        E. Heine.

 

    ─¿Qué te pareció? ─me preguntó.

    ─No es feo, es precioso, sentimental, también fluido, pero la belleza se la dio la traducción, casi puede decirse que la hizo Manuel M. Flores ¿o no es así?

    ─Cierto, pero en el fondo es de Heine.

    ─Pero el fondo sin la forma no es completo.

    ─De todas maneras habías de ganar… ─reímos, nos besamos y allí terminó la discusión.

    La madre ya se había dado cuenta de las relaciones románticas de su hija conmigo y principió a recelar, pero no me dijo nada. Ya se sentía bien de salud y hacían en frecuentes viajes a Puebla, en donde se quedaban, a veces, una semana, la misma que pasaba triste, sin esa compañía tan amena que era mi Magdalena.

    Por fin y cuando más engreído estaba, sucedió lo que debía de suceder, su madre midió el peligro de un enamoramiento de parte de su hija con un hombre sin porvenir y puso un «hasta aquí», se la llevó a Puebla y no volvió más. No tuvimos ni tiempo de despedirnos.

                A Magdalena

Blanca paloma de mis dolores

¿por qué te ausentas? ¿por qué te vas?

¿Por qué si te amo con mil amores

me dejas solo sin volver más?

Vuelve a tu nido, mi bien amada,

donde eres dicha, dónde eres flor,

vuelve a mis campos dulce adorada

donde te espera mi ardiente amor.

No tardes mucho, paloma mía

que estoy enfermo por la pasión,

ven que te espera la sinfonía

de mi alma triste y mi corazón.

¿Por qué no escuchas mi eterno ruego?

¿Por qué no escuchas mi ardiente amor?

¿Qué tu alma pura hecha de fuego

ya no es sensible para el dolor?

¡Ven que te espero para estrecharte!

¡Ven que ya mi alma impaciente está!

¡Ven no me impidas volver a amarte!

Porque mi vida se acabará…

Blanca paloma de mis dolores

¿Por qué te ausentas? ¿por qué te vas?

¿Por qué si te amo con mil amores

me dejas solo sin volver más?

Severino.

     Ese fue nuestro adiós y el único recuerdo que de ella me quedó. he ido muchas veces a Puebla nunca la vi.

    Esa mujer romántica sólo podrá ser feliz con un hombre que la sepa comprender, que sea idealista, amante del arte, de la literatura, de la historia… de otra manera… la hará desgraciada.